El Estrecho de Ormuz suele aparecer en las noticias por su peso geopolítico, por las tensiones militares o por el impacto que cualquier alteración allí puede tener sobre el precio internacional del petróleo. Pero antes de convertirse en uno de los pasos marítimos más sensibles del planeta, fue el resultado de una historia geológica descomunal: una colisión tectónica que todavía hoy sigue moldeando el relieve de la región.

Ubicado entre Irán y Omán, este corredor conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y apenas alcanza unos 48 kilómetros de ancho en su tramo más angosto. Por allí circula una porción decisiva del petróleo transportado por mar a escala global, lo que explica por qué cada movimiento en esa franja repercute de inmediato en los mercados energéticos y en la política internacional.

Una cicatriz de la Tierra que sigue activa

Según un repaso de National Geographic, el origen de Ormuz se remonta a hace unos 35 millones de años, cuando la placa arábiga chocó contra la euroasiática. Ese impacto comprimió, deformó y levantó enormes masas de roca, al tiempo que hundió otras zonas, dando lugar a una geografía abrupta y estratégica a la vez. De ese mismo proceso surgieron también las montañas Zagros, en Irán, una de las huellas más visibles de esa colisión continental.

El estrecho, entonces, no apareció como una simple vía de agua entre dos costas, sino como una depresión generada por ese choque gigantesco. Mucho después, con el final de la última glaciación y la suba del nivel del mar, hace unos 20.000 años, las aguas terminaron inundando antiguas depresiones y valles, consolidando el paso marítimo que hoy se conoce. En otras palabras: primero llegó la violencia tectónica, después el mar terminó de dibujar el mapa.

Montañas, sal y petróleo bajo la superficie

La región no solo es clave por su ubicación. También concentra una riqueza geológica excepcional. En el lado iraní, las montañas Zagros muestran enormes pliegues de roca sedimentaria, con capas de caliza, arenisca y lutita que fascinan a los geólogos. En la península de Musandam, en Omán, aparecen además algunas de las ofiolitas más espectaculares del planeta, es decir, fragmentos de corteza y manto oceánico que quedaron expuestos tras antiguos movimientos tectónicos.

A ese paisaje se suman los domos de sal, otra de las marcas distintivas de la zona. Son masas salinas profundas que, empujadas por la presión geológica, ascienden lentamente hasta la superficie y pueden extenderse sobre el terreno como si fueran glaciares pétreos. Todo ese escenario ayuda a explicar por qué Ormuz es mucho más que un paso estratégico: es también un laboratorio natural donde la historia interna de la Tierra quedó casi al descubierto.

Cómo la geología ayudó a crear una potencia energética

La misma dinámica tectónica que deformó el terreno también favoreció la formación de gigantescas reservas de hidrocarburos. Durante cientos de millones de años, en esa región se acumularon materiales orgánicos bajo antiguos mares. Cuando las placas chocaron, esos depósitos quedaron atrapados bajo estructuras geológicas que con el tiempo se transformaron en yacimientos de petróleo y gas.

Ese es uno de los datos centrales para entender la importancia actual del estrecho. No solo se ubica al lado de una de las zonas con mayores reservas energéticas del planeta, sino que además funciona como la salida natural de buena parte de esa producción hacia el resto del mundo. Por eso Ormuz es, al mismo tiempo, una maravilla geológica y una arteria vital de la economía global.

Un estrecho que se mueve, aunque nadie lo note

Lo más llamativo es que ese proceso no terminó. La península de Musandam continúa desplazándose lentamente hacia el norte, lo que significa que, en términos geológicos, el estrecho sigue cambiando. El corredor se estaría reduciendo de manera gradual por efecto de esa presión tectónica sostenida, aunque en una escala de tiempo tan enorme que para la vida humana el cambio resulta imperceptible.

Los especialistas coinciden en que ese cierre no ocurrirá ni en siglos ni en milenios cercanos, sino en lapsos que superan con holgura los 10 millones de años. Aun así, la idea es poderosa: mientras el presente lo muestra como un cuello de botella decisivo para el petróleo mundial, debajo de esa escena cotidiana sigue actuando una fuerza mucho más antigua, silenciosa y persistente. Ormuz no solo mueve barcos y mercados; también sigue contando, piedra a piedra, una historia que empezó mucho antes que cualquier frontera.