Hipertensión: por qué aumentar el potasio gana espacio junto con la reducción del sodio
Reducir el consumo de sodio continúa siendo una de las recomendaciones dietarias más conocidas para controlar la presión arterial, pero las principales guías comienzan a otorgarle un lugar creciente a otra medida: aumentar la ingesta de potasio. Un artículo publicado en la Revista Estadounidense de Nutrición Clínica plantea que ambas estrategias deberían recibir una importancia similar dentro de las intervenciones nutricionales. Los autores sostienen que la evidencia acumulada permite considerar el equilibrio entre estos dos minerales y no únicamente la reducción de la sal para controlar la hipertensión.
El trabajo es un artículo de perspectiva científica y no constituye por sí mismo una nueva recomendación oficial. Su propuesta se apoya en investigaciones previas que relacionan una mayor ingesta de potasio con un mejor control de la presión, especialmente cuando se combina con una reducción del sodio. Naomi Fukagawa, profesora emérita de la Facultad de Medicina de la Universidad de Vermont y primera autora, señaló que los componentes de la alimentación deben analizarse de manera conjunta debido a sus interacciones fisiológicas.
El desafío aparece en los patrones habituales de consumo. La población suele ingerir más sodio del recomendado y menos potasio del aconsejado, una combinación relacionada con dietas de alta presencia de alimentos ultraprocesados y bajo consumo de frutas, verduras y legumbres. En la Argentina, el artículo señala que la ingesta de sal ronda casi el doble del máximo recomendado.
Cómo interviene el potasio en la presión arterial
Uno de los mecanismos estudiados se encuentra en los riñones. Una mayor disponibilidad de potasio favorece la eliminación de sodio a través de la orina y puede reducir su retención en el organismo. Este proceso forma parte de un sistema fisiológico conocido como «interruptor de potasio renal».
Cuando la alimentación contiene mucho sodio y poco potasio, el organismo activa mecanismos destinados a conservar este último mineral. Como consecuencia, también puede retener una mayor cantidad de sodio, lo que favorece una presión arterial más elevada. Una mayor ingesta de potasio modifica ese funcionamiento y facilita que los riñones eliminen más sodio.
El médico argentino César Romero, profesor del Departamento de Medicina de la Universidad de Emory e integrante de la Sociedad Internacional de Hipertensión, explicó que este mecanismo ayuda a comprender por qué ambas recomendaciones están relacionadas. El potasio también participa en la regulación del tono de los vasos sanguíneos, otro de los procesos involucrados en el control de la presión. La evidencia citada indica además que un consumo insuficiente puede potenciar los efectos de una dieta con exceso de sodio.
Qué recomiendan las guías sobre su consumo
El mayor protagonismo del potasio ya aparece en guías estadounidenses, europeas y en consensos argentinos sobre hipertensión. Las recomendaciones apuntan preferentemente a incorporarlo mediante los alimentos y dentro de un patrón de alimentación saludable. Entre las fuentes habituales se encuentran frutas, verduras, legumbres, frutos secos, lácteos y pescado.
Las orientaciones incluyen una precaución específica para personas con enfermedad renal crónica o que utilizan medicamentos capaces de disminuir la eliminación de potasio. En esos casos, aumentar su consumo requiere una evaluación individual. Para el resto de la población alcanzada por estas recomendaciones, el objetivo es mejorar el equilibrio dietario sin abandonar la reducción del exceso de sodio.
Romero señaló que la población argentina consume alrededor de 2,1 gramos diarios de potasio frente a un objetivo de aproximadamente 3,5 gramos. Desde su perspectiva, elevar la presencia de alimentos naturalmente ricos en este mineral tendría un impacto mayor que limitar la estrategia a sustituir la sal de mesa. El cambio, por lo tanto, involucra al conjunto de la alimentación.
El lugar de las sales enriquecidas con potasio
Otra alternativa incluida en distintas recomendaciones consiste en reemplazar una parte del cloruro de sodio de la sal común por cloruro de potasio. Este tipo de productos permite reducir simultáneamente el aporte de sodio e incrementar el de potasio. Su utilización, sin embargo, presenta límites tanto médicos como relacionados con el sabor.
A medida que aumenta la proporción de potasio, la sal puede adquirir notas más amargas o metálicas. El artículo sitúa entre el 25% y el 30% el nivel de sustitución que suele mantener una aceptación adecuada entre los consumidores. Los autores también plantean que la reformulación de alimentos procesados podría contribuir a reducir el sodio de manera más amplia.
La propuesta general no reemplaza las medidas conocidas para el manejo de la hipertensión, sino que amplía el foco dietario. El planteo de los especialistas es combinar una menor ingesta de sodio con una mayor presencia de alimentos ricos en potasio cuando las condiciones de salud lo permitan. Ese enfoque ya ocupa un espacio creciente dentro de las recomendaciones no farmacológicas para el control de la presión arterial.
