La salud ocular tiene efectos que van más allá de la capacidad de ver con claridad. La pérdida de visión puede influir en la independencia, la participación social y la posibilidad de mantenerse activo durante más tiempo. Especialistas en envejecimiento saludable plantean por eso que la prevención y el tratamiento temprano deberían incorporarse con mayor fuerza a las políticas sanitarias.

La doctora Vânia de la Fuente-Núñez llevó ese planteo a las sesiones «Advocacy to Action: Europe 2026», organizadas por la International Agency for the Prevention of Blindness (IAPB) en Bruselas. Durante su intervención sostuvo que el cuidado de la vista debe vincularse con las políticas de envejecimiento, educación y empleo. También advirtió sobre el avance de la miopía entre niños y adolescentes.

Según las proyecciones presentadas, para 2035 hasta la mitad de los estudiantes que finalicen la escuela podría tener miopía. La aparición temprana y la progresión de esta condición aumentan el riesgo de desarrollar miopía alta durante la adultez. Esa situación puede elevar la probabilidad de complicaciones como desprendimiento de retina, glaucoma y cataratas.

La salud visual empieza mucho antes de la vejez

De la Fuente-Núñez sostuvo que el envejecimiento saludable debe pensarse desde etapas tempranas de la vida. Desde esa perspectiva, diagnosticar y controlar la miopía infantil puede tener consecuencias décadas después. La especialista planteó que las decisiones tomadas durante la infancia condicionan parte de la salud ocular futura.

El impacto tampoco se limita a los problemas visuales propios de los primeros años. Una visión deteriorada puede afectar el aprendizaje, la participación laboral y la capacidad de desenvolverse de manera independiente. Por ese motivo, la especialista propuso considerar la atención oftalmológica como parte de una trayectoria de salud que acompaña a la persona durante toda su vida.

La catarata constituye otro ejemplo de esa relación. Cuando no recibe tratamiento, la pérdida de visión asociada fue vinculada con mayores dificultades para desenvolverse de forma autónoma. También aparece relacionada con caídas, aislamiento social, depresión, deterioro cognitivo y una mayor necesidad de cuidados.

Las consecuencias de demorar la atención

Los retrasos en los tratamientos pueden aumentar además la presión sobre las familias y los sistemas sanitarios. Una persona que pierde capacidad visual puede necesitar mayor asistencia para realizar tareas cotidianas, trasladarse o continuar trabajando. La intervención oportuna puede reducir parte de esas limitaciones cuando existe un problema prevenible o tratable.

La especialista destacó también el valor de incluir la salud visual dentro de las agendas públicas. Durante el encuentro mantuvo conversaciones con las eurodiputadas españolas Idoia Mendia Cueva y Leire Pajín Iraola sobre la necesidad de integrar estas políticas con otras áreas de protección social. El argumento central es que los niños actuales serán las generaciones que deberán conservar su autonomía durante períodos cada vez más prolongados.

Una agenda internacional para prevenir la pérdida de visión

La IAPB reúne a cerca de 300 organizaciones de salud ocular distribuidas en más de 100 países. Su trabajo se concentra en reducir la pérdida de visión evitable y ampliar el acceso a servicios oftalmológicos. La alianza también desarrolla campañas internacionales de concientización y herramientas destinadas a reunir información sobre la situación visual de distintas poblaciones.

Entre sus iniciativas se encuentran el Día Mundial de la Visión, la campaña Love Your Eyes y la plataforma Vision Atlas. La organización también impulsa grupos técnicos y encuentros dedicados a compartir experiencias entre gobiernos, profesionales y entidades del sector. Su meta para 2030 es que ninguna persona pierda visión por una causa prevenible o tratable sin haber tenido acceso a una atención adecuada.