El movimiento de las placas tectónicas continúa siendo la causa principal de los grandes terremotos, pero distintas investigaciones estudian si algunos cambios ambientales pueden modificar la actividad sísmica en determinadas regiones. El retroceso de glaciares, las variaciones extremas de precipitaciones y los cambios en grandes masas de agua alteran el peso que soporta la corteza terrestre. Esas modificaciones pueden influir sobre fallas que ya se encuentran sometidas a tensión, aunque no existe evidencia de que el cambio climático provoque por sí mismo grandes terremotos tectónicos.

El geólogo Gustavo Ortiz remarcó que los sismos de gran magnitud asociados al desplazamiento de placas deben diferenciarse de otros tipos de actividad sísmica. Según explicó, no existe consenso científico que permita relacionar el aumento de la temperatura global con una mayor frecuencia o intensidad de terremotos como los registrados en zonas tectónicamente activas. Los efectos estudiados aparecen principalmente en fenómenos de menor escala o en lugares donde el agua, el hielo o determinadas actividades humanas modifican las presiones del subsuelo.

Entre esos mecanismos se encuentra el denominado rebote isostático. Cuando una gran masa de hielo desaparece, la corteza deja de soportar ese peso y puede elevarse lentamente mientras reajusta las tensiones acumuladas. «Cuando los glaciares se derriten por el calentamiento, dejan de ejercer presión sobre la corteza y ese rebote elástico genera sismos, generalmente de magnitud baja», explicó Ortiz.

Glaciares, lluvias y cambios en la presión sobre la corteza

El profesor Matthew Blackett, especialista en geografía física y riesgos naturales de Coventry University, analizó cómo las variaciones de agua y hielo pueden modificar temporalmente la actividad de algunas fallas. En el Himalaya, por ejemplo, las lluvias del monzón agregan una enorme cantidad de peso sobre la superficie y comprimen la corteza. Cuando finaliza la temporada húmeda y parte de esa carga desaparece, se produce un reajuste que coincide con una mayor proporción de terremotos durante los meses secos.

Según los datos citados por Blackett, alrededor del 48% de los sismos de esa región ocurre entre marzo y mayo, antes del monzón, mientras que aproximadamente el 16% se registra durante la temporada de lluvias. La observación no implica que las precipitaciones creen las fallas ni la energía tectónica necesaria para un terremoto. Sí muestra que pequeñas variaciones de presión pueden influir en el momento en que una estructura ya cargada libera parte de esa energía.

Un estudio de la Colorado State University encontró un fenómeno parecido al reconstruir la evolución de las Montañas Sangre de Cristo, en Colorado. Después de la última era de hielo, el retroceso de los glaciares estuvo acompañado por una aceleración de hasta cinco veces en la velocidad de desplazamiento de una de las fallas estudiadas. Los investigadores atribuyeron ese cambio a la reducción de la presión que ejercían las antiguas masas de hielo.

El agua de deshielo también puede llegar a las fallas

Otra investigación publicada en Earth and Planetary Science Letters examinó 15 años de registros sísmicos en el macizo del Mont Blanc, entre Francia e Italia. Los científicos detectaron un patrón estacional de actividad en el sector de Grandes Jorasses y lo relacionaron con la infiltración del agua procedente del deshielo. Cuando el líquido alcanza fracturas profundas, puede modificar la presión interna y facilitar pequeños desplazamientos en fallas existentes.

Los investigadores observaron además que los cambios recientes en glaciares y permafrost modificaron las rutas por las que circula el agua dentro de la montaña. Los picos de actividad sísmica coincidieron con determinados períodos de ingreso de agua al subsuelo. El mecanismo ayuda a explicar por qué algunas regiones montañosas pueden experimentar cambios en su sismicidad sin que varíe el movimiento general de las placas.

Blackett también señaló que procesos relacionados con la pérdida de hielo pueden influir sobre sistemas volcánicos. En Islandia, la disminución de la presión ejercida por los glaciares fue asociada con condiciones que facilitan la generación de magma. Grandes embalses, variaciones importantes en lagos y cambios bruscos en las precipitaciones también fueron estudiados por su capacidad para alterar localmente las tensiones de la corteza.

Qué mostró el caso del Rift de África Oriental

El vínculo entre clima y actividad geológica también fue analizado en el Sistema del Rift de África Oriental. Un estudio publicado en Scientific Reports reconstruyó lo ocurrido después del Período Húmedo Africano, cuando el nivel del Lago Turkana cayó entre 100 y 150 metros. La pérdida de esa enorme masa de agua redujo la presión sobre la corteza y coincidió con una aceleración del movimiento de varias fallas.

Los investigadores estudiaron 27 estructuras y calcularon un aumento promedio de 0,17 milímetros por año en su velocidad de desplazamiento. Además de la menor carga del lago, observaron que la reducción de presión pudo favorecer la formación de magma en profundidad. El trabajo presentó esos resultados como evidencia de que cambios climáticos importantes pueden modificar el comportamiento de sistemas tectónicos que ya son activos.

Estos hallazgos no permiten afirmar que el calentamiento global vaya a generar grandes terremotos en regiones donde actualmente no existe riesgo tectónico. La evidencia disponible muestra, en cambio, que retirar o agregar grandes cantidades de hielo y agua puede alterar presiones sobre fallas y volcanes existentes. Incorporar esas variables puede mejorar los estudios de riesgo en zonas especialmente sensibles a cambios rápidos en glaciares, precipitaciones o reservas de agua.