Caminar más lento puede revelar cambios en la salud cerebral, según distintos estudios
La velocidad al caminar puede ofrecer información sobre el estado general del organismo y del cerebro, especialmente en adultos de mediana y mayor edad. Distintas investigaciones encontraron asociaciones entre una marcha más lenta y menores resultados en pruebas cognitivas, además de cambios estructurales observados mediante estudios por imágenes. Los especialistas aclaran que se trata de un indicador clínico y no de un diagnóstico por sí solo.
Uno de los análisis más amplios reunió datos de nueve estudios que siguieron a más de 34.000 adultos de 65 años o más durante períodos de entre seis y 21 años. Los investigadores de la Universidad de Pittsburgh encontraron una asociación significativa entre la velocidad de marcha y la supervivencia. Entre los hombres de 75 años evaluados, aquellos que caminaban más rápido presentaron una probabilidad considerablemente mayor de vivir otros diez años que quienes se desplazaban con mayor lentitud.
Otro estudio realizado por investigadores de la Universidad de Duke siguió a 904 personas hasta los 45 años y relacionó la velocidad de marcha con distintos indicadores físicos y cognitivos. Quienes caminaban más despacio mostraron señales de envejecimiento más avanzado en pulmones, dientes, sistema cardiovascular e inmunitario. También obtuvieron resultados inferiores en pruebas vinculadas con memoria, razonamiento, velocidad de procesamiento y otras funciones mentales.
Qué observaron los estudios en el cerebro
Las resonancias magnéticas realizadas a los participantes mostraron diferencias entre quienes caminaban a distintas velocidades. El grupo con una marcha más lenta presentó, en promedio, menor volumen cerebral, una neocorteza más fina y diferencias en la materia blanca, el tejido encargado de conectar distintas regiones del sistema nervioso. Parte de esas diferencias podía rastrearse incluso hasta evaluaciones cognitivas y motoras realizadas durante la infancia.
La investigadora Line Jee Hartmann Rasmussen interpretó estos resultados como una señal de que la velocidad de marcha puede reflejar procesos acumulados a lo largo de la vida. Desde esa perspectiva, caminar más lentamente no sería únicamente una consecuencia del envejecimiento avanzado. También podría aportar información sobre el desarrollo neurológico y la evolución de la salud cerebral durante décadas.
La neuróloga Lucía Zavala explicó que en la práctica clínica resulta más útil hablar de reserva estructural y cognitiva que limitarse al tamaño del cerebro. Un mayor volumen cerebral y un grosor cortical preservado pueden aportar mayor capacidad para tolerar daños producidos por procesos neurodegenerativos o vasculares. «Caminar más lento de forma prematura puede indicar una alteración en la conectividad cerebral», señaló.
Por qué caminar exige tanto al sistema nervioso
Una marcha fluida requiere la coordinación simultánea de distintas regiones cerebrales. El cerebro debe controlar el equilibrio, ajustar el tono muscular, automatizar movimientos y procesar constantemente la información que llega del entorno. El cerebelo y los ganglios basales participan de forma activa en ese proceso, junto con otras estructuras encargadas de planificar y ejecutar cada paso.
Por esa razón, Zavala considera que medir la velocidad de marcha puede convertirse en una herramienta sencilla dentro de los controles de salud. Se trata de una evaluación económica, no invasiva y fácil de repetir, que puede aportar información adicional junto con otras pruebas clínicas. Una disminución aislada de la velocidad, sin embargo, puede responder también a problemas articulares, musculares, cardiovasculares o a múltiples condiciones diferentes.
Otras actividades que desafían al cerebro
La especialista mencionó además otras formas de ejercicio que combinan exigencia física y procesamiento cognitivo. El baile obliga a coordinar ritmo, secuencias motoras y orientación espacial, mientras que los deportes de raqueta como tenis o pádel requieren seguir objetos en movimiento, anticipar acciones y ejecutar gestos precisos. El entrenamiento de fuerza también puede contribuir a preservar la capacidad física y mejorar distintos parámetros metabólicos.
La evidencia disponible apunta a que la velocidad de marcha puede funcionar como una señal complementaria del estado general de una persona. Su utilidad aumenta cuando se interpreta junto con la edad, los antecedentes médicos y otras evaluaciones físicas y cognitivas. Más que medir únicamente cuánto tarda alguien en recorrer una distancia, los investigadores buscan utilizar ese dato como una pieza adicional para comprender cómo envejecen el cuerpo y el cerebro.
