La relación entre lo que comemos y cómo nos sentimos dejó de ser solo una intuición popular: hoy la ciencia confirma que los nutrientes influyen directamente en la salud emocional, la memoria y la concentración. Médicas especializadas explicaron cómo impactan las vitaminas en el equilibrio mental y por qué una mala alimentación puede favorecer la aparición de trastornos como la ansiedad o la depresión.

«Existe una relación bidireccional entre la salud mental y la alimentación», afirmó la médica psiquiatra María Silvina Domínguez (MN 129.594), del Departamento de Psiquiatría de Ineco. «Los alimentos que consumimos afectan el funcionamiento cerebral, y nuestras emociones también inciden en los hábitos alimentarios», señaló.

El cerebro necesita un suministro constante de energía, antioxidantes, ácidos grasos esenciales, vitaminas y minerales. Según la médica nutricionista Marianela Aguirre Ackermann (MN 151.867), magíster en diabetes e integrante del Grupo de Obesidad de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN), «una dieta desequilibrada puede alterar funciones clave como la atención, el rendimiento intelectual, el sueño y el estado de ánimo».

Aguirre Ackermann citó estudios recientes que asocian los alimentos ultraprocesados con mayor riesgo de depresión, mientras que las dietas basadas en vegetales, pescado y grasas saludables se vinculan con mejoras en la salud mental. Esto se debe a que muchos nutrientes participan en la producción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, esenciales para regular el humor y el estrés.

Vitaminas clave para el bienestar mental

Entre los nutrientes más relevantes, ambas especialistas coincidieron en destacar las vitaminas del grupo B (B6, B9 y B12), fundamentales para la síntesis de neurotransmisores. Su deficiencia puede provocar fatiga mental, irritabilidad y síntomas depresivos. Estas vitaminas se encuentran en vegetales de hoja verde, cereales integrales, huevos, carnes magras y lácteos.

La vitamina C, presente en frutas cítricas, pimientos y brócoli, cumple funciones antioxidantes y neuroprotectoras. Su carencia se asocia a la fatiga y la irritabilidad. La vitamina D también juega un rol crucial: niveles bajos aumentan la inflamación cerebral y el riesgo de trastornos del ánimo. Se obtiene por la exposición al sol y a través de pescados grasos, huevos y productos fortificados.

Aguirre Ackermann advirtió que también deben considerarse minerales como el magnesio, el zinc y el hierro. «El hierro participa en el transporte de oxígeno al cerebro; el zinc en la sinapsis y el magnesio en la regulación neuronal. Su falta puede generar síntomas similares al estrés, incluso si la persona duerme bien», explicó.

Microbiota, azúcar y emociones

Otro factor a tener en cuenta es el eje intestino-cerebro. «Una microbiota intestinal sana impacta en el equilibrio emocional», señaló Domínguez. El consumo excesivo de azúcares y alimentos procesados altera la flora intestinal y contribuye a la inflamación, lo que repercute negativamente en la salud mental.

Además, las fluctuaciones drásticas del azúcar en sangre pueden provocar cambios en el estado de ánimo. Por eso se recomienda evitar ayunos prolongados y priorizar alimentos con índice glucémico bajo.

Las especialistas recomendaron priorizar una alimentación variada, rica en vegetales, frutas frescas, cereales integrales, legumbres, semillas, frutos secos, pescados y carnes magras. También aconsejaron limitar el consumo de alcohol, azúcar refinada y ultraprocesados. A la par de los nutrientes, también influye el modo en que se come. «Compartir la comida, apagar las pantallas y sentarse a la mesa ayuda a regular las emociones y fortalecer los vínculos», dijo Aguirre Ackermann.

Domínguez concluyó que «el bienestar mental se construye día a día, también desde la mesa». Cuidar la alimentación es una forma concreta de promover la salud emocional y prevenir trastornos que afectan cada vez más a la población.