La ciencia comenzó a observar las profundidades marinas con instrumentos capaces de registrar movimientos sísmicos, seguir el ascenso del magma y detectar señales vinculadas con tsunamis. Menos del 0,001% del lecho oceánico fue observado de manera directa, por lo que gran parte de los procesos que ocurren bajo el mar todavía permanecen fuera del alcance humano. Las nuevas tecnologías permiten obtener información continua desde zonas sometidas a presiones extremas y sin presencia permanente de investigadores.

Buena parte de esas investigaciones busca comprender el funcionamiento del manto terrestre, una capa que representa más del 80% del volumen del planeta. Allí se producen flujos de roca caliente que transportan energía y materiales hacia la superficie y pueden influir en terremotos, volcanes y desplazamientos de las placas tectónicas. Conocer mejor esa dinámica ayuda a reconstruir fenómenos geológicos y a evaluar riesgos para las poblaciones costeras.

Sismómetros que trabajan durante meses bajo el mar

Los sismómetros de fondo oceánico, conocidos como OBS, pueden permanecer hasta un año en el lecho marino y registrar el recorrido de las ondas sísmicas. La información permite identificar diferencias entre los tipos de roca y elaborar imágenes del interior terrestre. Estos dispositivos también ayudaron a localizar plumas de material caliente relacionadas con cadenas volcánicas como las de Islandia y Hawái.

La sismóloga Ana Ferreira, de University College London, comparó el movimiento del manto con el funcionamiento de una lámpara de lava. La descripción apunta a un sistema formado por materiales de diferentes densidades que se desplazan lentamente por efecto del calor. Esos flujos pueden generar puntos de actividad volcánica alejados de los bordes tradicionales de las placas.

Una aplicación concreta se produjo en la isla de São Jorge, en las Azores, después de una sucesión de terremotos registrada en marzo de 2022. El equipo de Ferreira desplegó seis sismómetros alrededor de la zona y logró seguir el movimiento del magma bajo el volcán. El investigador Stephen Hicks explicó que el material ascendió hasta quedar a un kilómetro de la superficie, pero se detuvo antes de provocar una erupción.

El objetivo de perforar hasta el manto terrestre

Otro frente de investigación intenta obtener muestras directas del manto, una región que nunca fue alcanzada en estado intacto. China puso en servicio en 2024 el buque científico Meng Xiang, equipado con laboratorios y sistemas capaces de perforar hasta 11.000 metros bajo la superficie marina. La misión apunta a atravesar la discontinuidad de Mohorovičić, el límite físico entre la corteza terrestre y el manto.

El paleooceanógrafo Peter Bijl, de la Universidad de Utrecht, destacó el nivel de equipamiento disponible a bordo de la nave. Un proyecto de esta magnitud permitiría estudiar materiales que hasta ahora solo pudieron analizarse de forma indirecta. También podría aportar datos sobre la formación del planeta, la evolución de los océanos y la composición de las capas profundas.

El sonido del océano como alerta ante tsunamis

Investigadores de la Universidad de Cardiff desarrollaron un modelo que utiliza hidrófonos para captar sonidos de baja frecuencia generados en el origen de un tsunami. Esas señales acústicas se desplazan aproximadamente tres veces más rápido que la ola, lo que ofrece una ventaja para los sistemas de alerta temprana. El matemático Usama Kadri señaló que el software puede calcular la propagación global del fenómeno en menos de 30 segundos.

Ese margen puede resultar decisivo para evacuar zonas costeras antes de la llegada del agua. El método todavía requiere una red adecuada de sensores y sistemas de interpretación en tiempo real. Su desarrollo busca complementar las herramientas actuales basadas en estaciones sísmicas, boyas y modelos de desplazamiento oceánico.

Los cables de telecomunicaciones instalados en el fondo del mar también comenzaron a utilizarse como sensores de movimientos terrestres. Las variaciones físicas que sufren ante una perturbación pueden convertirse en datos útiles para detectar terremotos en regiones de difícil acceso. Esta infraestructura ofrece la posibilidad de ampliar la vigilancia sísmica sin desplegar una red completamente nueva de dispositivos.