Las estafas digitales siguen sumando víctimas en la Argentina y ahora volvieron a quedar en foco por un caso que mostró hasta qué punto puede caer cualquiera. Dos jueces fueron engañados con una modalidad cada vez más repetida: delincuentes que se hacen pasar por empresas conocidas, inventan un problema con la cuenta o una entrega pendiente y logran que la víctima les entregue un código clave. Con ese dato, toman el control de WhatsApp y empiezan a pedir dinero a familiares, amigos y contactos.

La maniobra fue expuesta en Infobae en Vivo Al Amanecer, donde la periodista Luciana Rubinska advirtió que el engaño puede concretarse en pocos minutos y sin necesidad de conocimientos técnicos por parte de la víctima. “Nunca envíes un código que te puedan llegar a pedir desde el otro lado”, remarcó al describir un tipo de fraude que no distingue edad, profesión ni nivel de experiencia con la tecnología.

Cómo funciona la estafa que vuelve a crecer

El mecanismo tiene una lógica simple, pero muy efectiva. El estafador llama o escribe haciéndose pasar por una empresa reconocida, un correo privado o un servicio de entregas. A veces inventa que hay un paquete pendiente; otras, que se detectó una alerta de seguridad o que el número fue registrado en otro dispositivo.

En ese contexto, le pide a la víctima un código de seis dígitos que llega por mensaje de texto o por WhatsApp. Lo presenta como un paso necesario para recuperar la cuenta o completar un trámite, cuando en realidad ese número es el código de verificación que permite tomar el control del perfil. Una vez que la persona lo entrega, pierde el acceso y los delincuentes pasan a manejar la cuenta desde otro dispositivo.

Dos jueces, entre las víctimas del engaño

Entre los damnificados aparecen el juez de la Cámara de Apelaciones penal de San Isidro, Luis Cayetano Cayuela, y su colega Juan Eduardo Spannuk, de 74 años. Ambos habrían sido engañados con esta metodología, en una señal de que el fraude puede alcanzar incluso a personas habituadas a manejar información sensible y situaciones complejas.

Según los audios difundidos en el programa, uno de los falsos operadores decía haber detectado una “alerta inusual en el sistema” y preguntaba si la víctima había escaneado un código QR o recibido alguna promoción. A partir de esa conversación, iba construyendo la confianza necesaria para lograr que del otro lado entregaran los seis números que abrían la puerta a la cuenta.

Qué hacen los delincuentes cuando ya tienen el control

Una vez adentro, el esquema cambia de objetivo. Los estafadores usan la cuenta robada para escribirles a los contactos de la víctima y pedir transferencias urgentes, favores económicos o ayuda inmediata. El engaño se potencia porque los mensajes salen desde un número conocido, muchas veces con formas de hablar o datos personales que vuelven todo más creíble.

Rubinska explicó que ahí aparece una segunda trampa: la buena fe de amigos y familiares. Al recibir un pedido desesperado desde la cuenta de alguien cercano, muchos responden rápido, sin sospechar que en realidad están hablando con delincuentes. Para cuando se descubre el fraude, el dinero ya fue transferido o el daño ya está hecho.

La sospecha que vuelve a encender alarmas

Uno de los puntos más inquietantes del caso es la hipótesis de que buena parte de estas maniobras sigue organizándose desde cárceles. Según se explicó en el programa, varios de estos fraudes se ejecutan con celulares desde pabellones penitenciarios. Una situación que vuelve a poner bajo la lupa el uso de teléfonos por parte de internos.

La paradoja es evidente: presos que, pese a estar detenidos, mantienen capacidad para montar estafas, robar cuentas y vaciar bolsillos desde adentro de una cárcel. El caso de los dos jueces volvió a dar visibilidad a ese problema, que reaparece una y otra vez sin una solución de fondo.

Qué hacer para no caer

La principal recomendación sigue siendo la más básica y la más importante. No entregar nunca códigos de verificación que lleguen por SMS o por la propia aplicación. Aunque quien los pida diga representar a una empresa conocida. Ninguna firma seria solicita ese dato por teléfono o por mensaje para “resolver” un inconveniente.

También se recomienda activar la verificación en dos pasos dentro de WhatsApp. Una barrera extra que puede evitar que la cuenta quede liberada solo con el código inicial. Puede parecer una molestia más, pero en un contexto donde los fraudes se repiten y se perfeccionan, se volvió una medida de defensa cada vez más necesaria.

Una modalidad que ya no parece excepcional

Lo más preocupante es que este tipo de estafa dejó de ser un episodio aislado. Se repite en distintas provincias, con variantes mínimas, y aprovecha un punto débil común: la urgencia. Los delincuentes saben que, si logran apurar a la víctima y sembrarle miedo o confusión, tienen muchas más chances de conseguir el dato que necesitan.

Por eso el alerta vuelve a ser el mismo: desconfiar, cortar la comunicación y chequear por otra vía antes de compartir cualquier código. En una época en la que una cuenta puede caer en segundos, ese pequeño gesto puede ser la diferencia entre frenar la maniobra o quedar atrapado en una estafa que vacía cuentas en minutos.