Temblaba todavía; estaba aturdido. Había sido un partido de esos que se viven con la respiración contenida, entre la presión del minuto a minuto y la sensación de que cualquier detalle podía inclinar la balanza. La procesión iba por dentro, silenciosa y tensa. Yo me había quedado solo detrás del arco, un lugar que obliga a guardar la calma, porque Gastón Edul se había ido a la zona mixta para cumplir con las entrevistas de rigor.

En el minuto 95 se produjo la jugada que desataría todo. Primero Julián Álvarez definió y encontró la respuesta de Schlager; Messi tomó el rebote y su primer disparo fue bloqueado entre el arquero y la defensa. En la tercera llegada, la Pulga no falló: la pelota pasó a pocos metros y yo lo grité con la misma desesperación que un hincha en la tribuna, sin reservas.

Lo vi venir a Leo mientras seguía gritando. Él empezó a mirarme, se acercó y chocó las palmas conmigo. Es difícil explicar lo que se siente para un futbolero argentino, para un apasionado de Messi: una mezcla de asombro, emoción y reconocimiento que atraviesa cualquier protocolo. Me llevé ese momento y una imagen que quedará para toda la vida; apenas cinco minutos después mi teléfono ya explotaba con mensajes y fotos que reflejaban exactamente lo que había sucedido.

Joaquín Bruno, periodista de TyC Sports