La bronca de dos víctimas tras el fallo de la Corte Suprema de Justicia que liberó al cura Ilarraz
La decisión de la Corte Suprema de Justicia de la Nación de sobreseer al sacerdote Justo José Ilarraz por prescripción encendió la indignación de las víctimas. Hernán Rausch (49) y Maximiliano Hilarza (46), dos de los siete denunciantes expresaron su descontento con el fallo, revivir el calvario vivido y cuestionar duramente a los jueces del máximo tribunal.
«¿Qué habría pasado si las víctimas hubieran sido familiares de los jueces?», se preguntaron. La frase no fue lanzada al pasar. Ambos insisten en que el Estado les dio la espalda una vez más, a pesar de que Ilarraz fue condenado en 2018 a 25 años de prisión por abuso sexual agravado contra menores durante su rol de formador en el seminario Nuestra Señora del Cenáculo de Paraná.
Rausch, preceptor en una escuela privada, vive en Paraná. Hilarza, guardia de seguridad en Chile, emigró en 1997 buscando rehacer su vida. Se conocieron de adolescentes, cuando ambos tenían vocación sacerdotal. Ilarraz era entonces su guía espiritual.
«Él era astuto, sigiloso, persuasivo. Buscaba a los más vulnerables. Y nosotros lo éramos», dijo Hernán. Su relato coincide con el de Maximiliano: «Lo que nos hizo nos mató. No físicamente, pero sí emocionalmente. Nos quitó las ganas de vivir».
El fallo de la Corte y una pregunta sin respuesta
«Yo esperaba algo así», reconoció Rausch, resignado. Hilarza, en cambio, expresó una bronca incontenible: «¿Cómo pueden priorizar el paso del tiempo sobre el dolor que provocó a más de cien chicos?». Ambos coinciden en que la Corte convalidó la impunidad. «El mensaje es que si no denunciás rápido, el tipo queda libre», lamentó Maximiliano.
Además, remarcaron que el fallo no lo declara inocente. Solo lo libera por prescripción. «La gente debe saber que fue encontrado culpable, juzgado y condenado. Lo que hicieron ahora es lavarse las manos», advirtió Rausch.
Vidas partidas por la mitad
Las consecuencias del abuso persisten. Hilarza sufre insomnio y pesadillas desde hace más de tres décadas. Su hija tiene hoy 13 años, la misma edad que él tenía cuando fue abusado. «La cuido como no pudieron cuidarme a mí», confesó.
Rausch, en cambio, transformó su dolor en una forma de lucha. «Alumnos míos me han abrazado cuando se enteraron. Eso me da fuerza». Su testimonio no tiene odio, pero sí un profundo dolor: «Un pedófilo está libre y sin tobillera. Pero yo no voy a ensuciarme las manos».
El Papa Francisco recién expulsó a Ilarraz del estado clerical en diciembre de 2024, casi seis años después de la condena. Para Hilarza, el Sumo Pontífice actuó presionado: «Bergoglio lo protegió hasta que no pudo más. Yo le escribí cartas, a él y a Benedicto XVI. Nunca me respondieron, pero sé que llegaron».
El silencio de una comunidad religiosa
Ambos relatan cómo la figura de Ilarraz se infiltró en sus familias, generando una red de manipulación difícil de romper. «Mi familia lo trataba como a Dios. Yo me escapaba de la mesa, no quería estar», recordó Maximiliano.
Rausch contó que tras la muerte de su padre, Ilarraz se metió en su casa, se ganó la confianza de su madre y se convirtió en la figura masculina que faltaba. «No la culpo. Ella no sabía. Éramos nueve hermanos, y ella tenía demasiadas cargas».
Los testimonios son estremecedores. Maximiliano detalló los abusos sufridos en carpas, habitaciones y pabellones. «Lo peor era el castigo psicológico. Si me resistía, me decía que destruía nuestra amistad. Yo me quedaba solo, abandonado».
Rausch tuvo que volver al seminario durante el juicio para reconstruir las escenas. «Todo estaba igual. La habitación, el olor, la luz. Y su voz. Esa voz no se me borra». Él fue el primero en denunciar, con solo 15 años. «Conté lo que pasó, otro chico se animó y lo apartaron. Pero la Iglesia lo encubrió. Nunca lo entregó».
Memoria, verdad y dolor
Ambos reconocen que siguen sintiendo a Ilarraz como una presencia que no los abandona. «Condicionó mi personalidad. Me convirtió en un fantasma», dice Hilarza. Rausch, en cambio, se aferra a su fe y a su rol como referente: «Soy la voz de muchas víctimas que no se animaron. La soledad es nuestro común denominador. Por eso no podemos aflojar».