«Efecto Daer»: el retiro de un histórico pone en crisis a toda la CGT
En una escena poco frecuente para la dirigencia sindical argentina, Héctor Daer decidió abandonar dos de sus principales cargos: dejará la conducción de la Asociación de Trabajadores de la Sanidad Argentina (ATSA) de Buenos Aires después de 24 años, y también renunciará al triunvirato que encabeza en la CGT desde 2015. Su decisión, poco común en un sindicalismo acostumbrado a las reelecciones indefinidas, generó sorpresa, malestar y especulaciones internas en una central obrera que se enfrenta a uno de sus momentos más críticos desde la vuelta de la democracia.
El dirigente, de 63 años, no se retira completamente de la actividad: continuará como titular de la federación nacional FATSA y en su rol dentro del sindicato internacional UNI Américas, además de aspirar a un nuevo puesto en el Consejo Directivo de la CGT. Sin embargo, su doble salida representa un gesto que contrasta con la lógica de supervivencia que predomina en el sindicalismo tradicional, donde los mandatos suelen extenderse hasta que los líderes son forzados a correrse por enfermedad o fallecimiento.
Una señal que incomoda
Varios referentes sindicales le reprochan a Daer haber roto el molde. Según fuentes del sector, su renuncia fue leída como un “mal ejemplo” para la cultura de poder perpetuo que caracteriza al sindicalismo peronista. En ese esquema, el valor simbólico de liderar una lista única, sin competencia, es muchas veces más importante que una contienda electoral. La confesión de un dirigente de peso lo resume todo: «en la UOM siempre se vota por unanimidad», se enorgullecía Lorenzo Miguel.
Pero los tiempos cambiaron. Muchos gremios arrastran décadas sin renovación interna, y hoy enfrentan el llamado «factor Milei»: un gobierno que ignora a los sindicatos en sus decisiones, impone techos salariales sin negociar y avanza sobre leyes laborales históricas sin ceder terreno. Todo esto, mientras la inflación y el dólar se mantienen contenidos y el respaldo social al Presidente no se resiente en las encuestas.
Un modelo de protesta que ya no alcanza
Las movilizaciones, paros y actos públicos ya no tienen el mismo efecto. La desconexión entre las cúpulas sindicales y sus bases es cada vez más evidente, y las convocatorias muestran una caída sostenida en la participación. Para los gremialistas, ya no es sencillo movilizar ni siquiera para votar en sus propias elecciones internas.
En ese marco, el gesto de Daer se convierte también en un síntoma de época: una dirigencia desorientada ante una sociedad que ya no responde a sus métodos ni comparte sus prioridades. El modelo sindical que se consolidó bajo el paraguas del peronismo clásico parece cada vez más ajeno a la realidad política y económica del país.
Una CGT en plena transición
La salida de Daer abrirá una nueva etapa en la CGT, que deberá definir en octubre si mantiene el esquema de triunvirato o vuelve a una conducción unificada. Sus actuales compañeros, Carlos Acuña (estaciones de servicio) y Octavio Argüello (Camioneros), tampoco seguirán. El sector que impulsa una conducción única propone al dirigente del Seguro, Jorge Sola, como figura de recambio. Es un referente con mejor llegada mediática y respaldo del sector que lidera Andrés Rodríguez (UPCN).
Pero la interna sindical sigue sin un claro consenso. El moyanismo apunta a posicionar a Cristian Jerónimo (vidrio), mientras que el barrionuevismo baraja entre Daniel Vila (Carga y Descarga) y Maia Volcovinsky (Judiciales), una dirigente que ya ganó peso político a través del partido Trabaj.ar. En paralelo, el kirchnerismo empuja al líder metalúrgico Abel Furlán como candidato natural para fortalecer la representación industrial en la cúpula cegetista.
El futuro del poder sindical, en juego
La sensación generalizada en el movimiento obrero es que, si Javier Milei logra sostener la estabilidad económica y repite un triunfo electoral en 2025, se abrirá la puerta a reformas estructurales que la CGT hoy no tiene capacidad de frenar. Uno de los proyectos que más inquieta a los gremialistas es el de Democracia Sindical, impulsado por la oposición dialoguista, que incluye límites a la reelección indefinida y nuevas auditorías sobre los fondos sindicales.
En ese contexto, el «efecto Daer» podría anticipar una ola de retiros voluntarios antes de quedar atrapados por un ciclo de desprestigio, pérdida de poder y derrotas políticas. Para muchos dirigentes, el verdadero riesgo ya no es perder la conducción de sus gremios, sino quedar para la historia como los que no supieron adaptarse a un país que cambió.