El Eternauta, la serie protagonizada por Ricardo Darín, se convirtió en un fenómeno global. Más allá de su calidad, plantea un interrogante más profundo: ¿por qué el público se siente tan atraído por las tramas donde todo se desmorona y la humanidad lucha por seguir en pie?

En la historia, la nieve mortal cae sobre Buenos Aires. La invasión extraterrestre interrumpe una partida de truco entre amigos y convierte la cotidianeidad en campo de batalla. La historia —creada por Héctor Oesterheld en 1957— volvió al centro de la escena, esta vez con una producción millonaria, un elenco de primera línea y una puesta en escena que combina terror, ciencia ficción y reflexión existencial.

Un espejo de la angustia postpandemia

Según el psiquiatra José Eduardo Abadi, la clave del impacto está en la forma en que la serie refleja el miedo latente que quedó tras la pandemia. «Desde aquel evento global, la idea de que la vida puede interrumpirse bruscamente se volvió una sensación permanente», explicó. La lucha por sobrevivir dejó de ser un relato de ficción para volverse una metáfora cotidiana.

Ese vínculo con la fragilidad y la resistencia conecta al espectador con el drama humano. El viaje del héroe —en este caso, Juan Salvo— no es solo el de un hombre enfrentando una amenaza cósmica, sino el de todos aquellos que alguna vez temieron por lo más básico: seguir vivos.

Lo cotidiano vuelto siniestro

El psicólogo Juan Jorge Michel Fariña, docente en la UBA y experto en cine y psicoanálisis, aportó otra clave: «Lo que impacta es cómo lo familiar se transforma en lo ominoso». En El Eternauta, una partida de cartas, un velero o un garaje se convierten, de golpe, en escenarios de una pesadilla. Esa transformación abrupta apela al inconsciente.

«De pronto, el otro se vuelve sospechoso, el barrio se transforma en amenaza, y lo siniestro se entrelaza con los propios fantasmas», dijo Fariña. Para el especialista, estas ficciones seducen porque enfrentan al espectador con preguntas esenciales: ¿Quiénes somos cuando todo se rompe? ¿Cómo actuamos cuando la estructura social desaparece?

Entre el cine y la terapia

Estas historias no solo entretienen: también cumplen un rol terapéutico. El cine, como forma de arte, permite procesar temores, conflictos y emociones profundas. «La cineterapia —uso de películas como recurso clínico— es una herramienta cada vez más utilizada para explorar dilemas personales», explicó Abadi. Vivenciar conflictos ajenos en pantalla puede generar identificación y facilitar la elaboración emocional.

Fariña destacó que incluso en contextos clínicos complejos, las series y películas pueden ser útiles: «La ficción estructura, organiza, permite pensar. Hoy sabemos que el cine cumple una función estructurante en la constitución psíquica».

El poder de las ficciones apocalípticas

El Eternauta no está solo. The Last of Us, The Walking Dead, Guerra Mundial Z o No mires arriba son solo algunos ejemplos del auge del género. La constante es la misma: un evento extraordinario irrumpe y pone en jaque la condición humana. En ese escenario extremo, emergen dilemas morales, relaciones inesperadas y la pregunta por el sentido.

«La catástrofe funciona como catalizador de lo más íntimo. Nos permite ver de qué estamos hechos», resumió Fariña. En El Eternauta, ese mecanismo se duplica: la historia de ficción creada por Oesterheld terminó alcanzándolo en la realidad, cuando fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar junto a su familia. El horror de la ficción se fundió con la tragedia real.

Una puerta a lo humano

El cine, señala Abadi, no solo permite evadirnos de lo racional, sino que habilita la empatía: «Nos identificamos con personajes, vivimos emociones que no son nuestras y, en ese tránsito, ensanchamos nuestra experiencia vital». La ficción, en este sentido, no nos aleja de la realidad: nos prepara para ella.

En palabras de Fariña, el desafío clínico es incorporar esas narrativas a la práctica profesional. En la Facultad de Psicología de la UBA ya se forman estudiantes en cineterapia, explorando cómo sugerir películas a los pacientes o cómo interpretar lo que traen de sus consumos culturales.

La ficción —lejos de ser mera distracción— se convierte así en lenguaje, en herramienta, en mapa para explorar el caos, la pérdida, la identidad. Y quizá por eso, en tiempos inciertos, seguimos buscando en estas historias el reflejo de lo que somos… y de lo que podríamos ser.