La vacuna contra el herpes zóster, conocida por prevenir la culebrilla en adultos mayores, empieza a sumar indicios de beneficios que van más allá de esa enfermedad. Estudios recientes señalan que la inmunización no solo podría estar asociada con un menor riesgo de demencia, sino también con una reducción de eventos cardiovasculares como infartos y accidentes cerebrovasculares. El hallazgo abre una nueva línea de interés sobre una vacuna ya recomendada para mayores de 50 años.

La información difundida por The Guardian recoge resultados de distintos trabajos que vinculan esta inmunización con una mejor protección neurológica y cardiovascular en la adultez. Aunque todavía persisten interrogantes sobre los mecanismos biológicos que explican esa relación, la tendencia observada en varios estudios volvió a poner el foco sobre una herramienta preventiva que aún tiene una cobertura baja. En Estados Unidos, por ejemplo, solo cerca del 35% de los mayores de 60 años recibió esta vacuna.

Qué protege la vacuna y por qué vuelve a estar en el centro

El herpes zóster, popularmente llamado culebrilla, aparece por la reactivación del virus varicela-zóster, que permanece latente en el organismo tras haber tenido varicela. Aunque puede desarrollarse en cualquier momento, el riesgo aumenta a partir de los 50 años y se vuelve más delicado en personas inmunosuprimidas. Los síntomas más frecuentes incluyen dolor, erupciones, ampollas, fiebre, dolor de cabeza y fatiga.

Más allá del cuadro inicial, la enfermedad puede dejar secuelas importantes. Entre el 10% y el 18% de quienes padecen culebrilla desarrollan neuralgia posherpética, una complicación caracterizada por dolor intenso y persistente en nervios y piel. También existen riesgos de hospitalización, sobre todo en edades avanzadas, lo que explica por qué la vacunación viene siendo promovida desde hace años en distintos países.

La evidencia que empezó a vincularla con la demencia

Uno de los estudios recientes más citados fue realizado por Emily Rayens, investigadora postdoctoral de Kaiser Permanente Southern California. Ese trabajo encontró una reducción del 51% en el riesgo de demencia entre quienes habían recibido Shingrix, incluso después de ajustar variables sociales y de estilo de vida. A partir de esos resultados, la investigadora afirmó que hay pruebas contundentes de una relación entre la vacunación contra el herpes zóster y un menor riesgo de deterioro cognitivo.

El dato es relevante porque desde hace años existe debate sobre si la reactivación del virus varicela-zóster puede influir en enfermedades neurodegenerativas. Algunos trabajos previos ya habían sugerido una posible conexión, aunque otros encontraron resultados distintos. Lo nuevo es que los estudios más recientes, enfocados en Shingrix, parecen mostrar una asociación más fuerte y prometedora que la observada con vacunas anteriores.

El posible vínculo con infartos y ACV

La novedad no termina en la salud cerebral. Una revisión de 19 estudios publicada en 2025 halló que cualquier esquema de vacunación contra la culebrilla se asocia con un menor riesgo de infarto y accidente cerebrovascular en comparación con no vacunarse. Aunque por ahora se trata de una relación estadística observada en distintos trabajos, el patrón empezó a consolidarse lo suficiente como para despertar interés médico y científico.

Todavía no hay una explicación definitiva sobre por qué ocurre este fenómeno. Sin embargo, una de las hipótesis es que la reactivación persistente de virus latentes funciona como una forma de estrés crónico para el sistema inmune, favoreciendo procesos inflamatorios que pueden impactar sobre el cerebro y sobre el sistema cardiovascular. Otra posibilidad es que el refuerzo inmunológico que produce la vacuna tenga efectos beneficiosos más amplios que la simple protección antiviral.

Cómo funciona Shingrix y qué eficacia tiene

Shingrix es una vacuna específica para prevenir la culebrilla en adultos, distinta de la vacuna contra la varicela que se aplica principalmente en la infancia. Según las recomendaciones de los CDC, las personas de 50 años o más deben recibir dos dosis con un intervalo de dos a seis meses. En quienes tienen el sistema inmunitario debilitado, la segunda dosis puede aplicarse entre uno y dos meses después de la primera.

La eficacia informada para prevenir la enfermedad supera el 90% en adultos mayores sanos. Además, la protección puede extenderse entre cuatro y hasta once años, según estudios publicados en revistas científicas. Los efectos adversos más comunes suelen ser dolor o hinchazón en la zona de aplicación y síntomas similares a una gripe leve, que por lo general desaparecen en uno o dos días.

Quiénes deberían vacunarse y qué límites siguen vigentes

Los CDC recomiendan Shingrix para todos los adultos a partir de los 50 años y también para personas inmunodeprimidas desde los 19 años. Quedan excluidos quienes estén cursando un episodio activo de culebrilla, las embarazadas o quienes hayan tenido una reacción alérgica previa a la vacuna. Para quienes desarrollaron la enfermedad antes de los 50, la recomendación es esperar hasta alcanzar esa edad para considerar la inmunización.

De todos modos, los especialistas insisten en que estos hallazgos no significan que la vacuna haya sido diseñada para prevenir demencia o eventos cardiovasculares. Lo que existe por ahora es una evidencia creciente de asociaciones positivas, pero no una conclusión cerrada sobre causalidad. Aun así, el panorama empieza a cambiar la forma en que se mira esta herramienta preventiva, que podría tener un impacto más amplio del que se pensaba.

Por qué el hallazgo resulta importante

Si los estudios futuros confirman esta relación, la vacuna contra el herpes zóster podría convertirse en una intervención simple, escalable y relativamente accesible para reducir no solo complicaciones infecciosas, sino también parte del riesgo de deterioro neurológico y cardiovascular. Esa posibilidad resulta especialmente relevante en una población envejecida, donde demencia, infarto y ACV aparecen entre las principales amenazas para la salud.

Por ahora, el dato más concreto es que la inmunización contra la culebrilla ya cuenta con una eficacia alta para prevenir la enfermedad y que además acumula evidencia sobre beneficios adicionales. En un contexto donde la cobertura sigue siendo baja, estas nuevas señales podrían reforzar el interés por una vacuna que, silenciosamente, empieza a ganar peso más allá de su función original.