Un hallazgo inesperado en el jardín de una casa inglesa reactivó una historia criminal que había quedado enterrada en el siglo XIX. Todo comenzó cuando un perro empezó a escarbar con insistencia en el patio trasero y su dueño decidió seguir el rastro. Lo que apareció bajo la tierra fue una antigua botella azul con una advertencia inquietante: “No debe tomarse”.

A partir de ese descubrimiento, Paul Phillips, un hombre de 49 años que vive en Exeter, empezó a reconstruir el posible origen del objeto. La pesquisa lo llevó hasta el caso de Mary Ann Ashford, una mujer condenada por envenenar a su marido en 1865 y ejecutada al año siguiente. La historia no solo impactó por el crimen, sino también porque esa ejecución pública terminó siendo una de las últimas de su tipo y quedó asociada al final de una época en el sistema penal británico.

Un perro, un patio y una botella enterrada

Phillips contó que al principio creyó que su labrador, Stanley, había encontrado una pipa o algún objeto sin demasiado valor. Sin embargo, cuando se acercó y comenzó a remover la tierra con sus manos, apareció un frasco azul de estilo victoriano. La inscripción grabada en el vidrio le dio al hallazgo un tono mucho más extraño desde el primer momento.

El hombre buscó información y concluyó que se trataba de una botella de veneno utilizada en el siglo XIX. A partir de allí, el objeto dejó de ser una curiosidad y empezó a conectarse con un viejo caso policial ocurrido muy cerca de donde él vive actualmente. La coincidencia geográfica fue la que terminó disparando todas las sospechas.

El crimen que todavía resuena en Exeter

La historia a la que remite el hallazgo es la de Mary Ann Ashford, acusada de matar a su esposo, William Ashford, en una trama marcada por el veneno, una herencia y una relación extramatrimonial. Según los registros citados en la nota fuente, la mujer mantenía un vínculo con un hombre más joven y habría buscado quedarse con el dinero de su marido para comenzar una nueva vida con él.

La sospecha surgió cuando una vecina detectó una sustancia azul de textura arenosa en el té y en los remedios del hombre. Después de la muerte de William Ashford, esa muestra fue entregada a las autoridades. Un análisis químico determinó que se trataba de arsénico y estricnina, dos sustancias letales que terminaron de sellar el destino judicial de Mary Ann.

Un juicio, una ejecución y el fin de una práctica

Tras ser juzgada en marzo de 1866, Mary Ann Ashford fue condenada a la horca y trasladada a la cárcel de Exeter para esperar la ejecución. Días antes intentó quitarse la vida, pero fue rescatada por personal de la prisión. Finalmente, el 28 de marzo fue llevada al cadalso en muy mal estado físico, al punto de que tres guardias tuvieron que cargarla hasta la horca.

La ejecución ocurrió frente a una multitud y quedó marcada por la brutalidad del procedimiento. Según registros periodísticos citados en la historia, el verdugo intervino físicamente para acelerar la muerte. La escena causó un fuerte impacto público y político. Con el tiempo, ese episodio quedó asociado al proceso que empujó el fin de las ejecuciones públicas en el Reino Unido, una decisión que se concretó dos años más tarde.

La botella que abre más preguntas que certezas

Phillips considera que el detalle más llamativo no es solo el objeto en sí, sino el hecho de que estuviera enterrado. A su entender, eso hace pensar que alguien quiso ocultarlo y no simplemente descartarlo como basura. Esa interpretación es la que vuelve más inquietante el hallazgo, sobre todo por la cercanía entre su casa y el lugar donde ocurrió el crimen de Ashford.

Por ahora, la botella permanece guardada en su garaje a la espera de que un historiador local pueda aportar más datos sobre su procedencia exacta. Mientras tanto, el episodio ya convirtió a ese jardín en una pequeña escena arqueológica y criminal. La imagen final, además, suma un detalle casi novelesco: según contó su dueño, Stanley dejó de escarbar en ese lugar apenas desenterró la botella.