Sin una reforma educativa profunda, la Argentina no podrá sostener una verdadera transformación
El periodista Luciano Román planteó en su columna «La reforma más urgente, de la que nadie quiere hablar» una inquietud central: ¿puede la Argentina emprender un proceso real de transformación sin incluir la educación en su agenda de reformas estructurales? El texto, publicado esta semana en LN+, cuestiona que el debate público y el discurso oficial omitan al sistema educativo en un momento en que se discuten cambios laborales, impositivos y previsionales.
Román advierte que la educación no solo es una deuda histórica, sino también una de las principales limitaciones para el desarrollo económico y social. En su análisis, sostiene que sin una revisión profunda del sistema de enseñanza, la Argentina difícilmente pueda sostener un modelo productivo moderno o reducir la desigualdad.
El silencio sobre la educación en la agenda de reformas
El autor observa que el Gobierno impulsa transformaciones en diversos frentes, pero sin incluir al sistema educativo entre sus prioridades. Cuestiona que se haya intentado discutir el tema universitario «con la motosierra en la mano» y que, tras el conflicto por el financiamiento, no haya existido voluntad política para abordar la calidad, la transparencia y la eficiencia de las instituciones académicas.
Según el artículo, los indicadores de rendimiento universitario colocan a la Argentina muy por debajo de los países de la región: solo 20 de cada 100 ingresantes logran egresar, frente a 82 en Chile. Además, solo el 19% de los jóvenes de entre 25 y 34 años completó estudios superiores, contra un promedio del 48% en la OCDE.
Financiamiento sin resultados y pérdida de calidad
Román detalla que, pese a recibir una proporción del PBI similar a la de las economías desarrolladas, las universidades argentinas presentan resultados académicos y niveles de eficiencia muy bajos. Según la Fundación Libertad, el país destina el 1,04% del producto a educación superior, pero el 55% de los estudiantes no aprueba más de una materia por año.
El texto también incluye testimonios de profesionales y entidades que advierten sobre la caída de la calidad educativa, como el Colegio de Abogados de Junín o el Foro de Sociedades Médicas Argentinas, que alertaron por el deterioro en la formación universitaria y su impacto en el ejercicio profesional.
Desconexión entre universidad, industria y mercado laboral
El análisis de Román pone en evidencia la asimetría entre la oferta académica y la demanda del mercado laboral. Cita como ejemplo el caso de la Universidad de La Plata, donde este año ingresaron casi 2500 estudiantes en Abogacía y solo 300 en Ingeniería en Computación.
Esa brecha, señala, explica la escasez de perfiles técnicos en sectores estratégicos como el litio, la energía y la tecnología. Mientras las empresas demandan 10.000 ingenieros al año, las universidades públicas y privadas producen apenas la mitad.
La crisis de la escuela media y el “simulacro educativo”
El periodista describe una cadena educativa deteriorada en todos sus niveles. En la escuela secundaria, la deserción supera el 70% en los sectores más vulnerables, mientras que la repitencia y la calificación numérica fueron reemplazadas por sistemas de evaluación más laxos. En el nivel primario, la formación docente se empobreció y las licencias prolongadas reducen la estabilidad de los planteles.
Román retoma la definición de la investigadora Guillermina Tiramonti, quien habla de un “simulacro educativo” para describir un sistema que disimula sus fallas estructurales sin evaluar resultados ni exigir calidad.
El llamado a un debate que aún no comienza
El artículo concluye con una serie de preguntas que buscan interpelar al poder político y a la sociedad: ¿pueden pensarse la industria y el empleo sin una educación moderna?, ¿es sostenible subsidiar la educación superior sin estándares de rendimiento?, ¿es posible el desarrollo del país sin docentes formados, ingenieros y técnicos capacitados?
Para Román, el ímpetu reformista del Gobierno carece de una pata esencial: la educativa. Advierte que, sin una discusión seria y amplia sobre la enseñanza en todos sus niveles, la Argentina corre el riesgo de perpetuar la desigualdad y condenar a las nuevas generaciones a un futuro sin movilidad ni progreso.
