La idea de que todas las personas adultas deben dormir exactamente ocho horas por noche está tan instalada que muchas veces se toma como una regla indiscutible. Sin embargo, especialistas en sueño advierten que esa cifra no funciona como una medida universal y que la necesidad real de descanso puede variar bastante de una persona a otra.

El punto, según explican expertos de la Universidad de Oxford citados por The Guardian, no pasa solo por contar horas, sino por entender cómo impacta el descanso en el cuerpo y en el cerebro. Dormir poco de manera sostenida sí puede traer consecuencias serias, pero eso no significa que exista un número mágico idéntico para todos.

Ocho horas, sí, pero no como mandato rígido

Russell Foster, director del Sleep and Circadian Neuroscience Institute de la Universidad de Oxford, remarcó que las 7 u 8 horas deben leerse más como un promedio estadístico de grandes poblaciones que como una meta obligatoria para cada individuo. En otras palabras, hay personas que por predisposición genética funcionan bien con menos tiempo de sueño y otras que necesitan más para rendir igual.

En la misma línea, el neurólogo Guy Leschziner señaló que una de las mejores formas de saber si alguien está descansando lo suficiente no es mirar solamente el reloj, sino observar cómo se siente durante el día. El cansancio persistente, la irritabilidad, el mal humor o la dependencia de estimulantes pueden ser señales más útiles que una cifra fija en horas.

Qué puede pasar cuando falta sueño de forma crónica

Los especialistas advierten que la privación sostenida de sueño sí representa un problema de salud importante. Foster destacó que uno de los riesgos más delicados está en el deterioro del sistema glinfático, el mecanismo que utiliza el cerebro para eliminar residuos, entre ellos proteínas anómalas vinculadas con la enfermedad de Alzheimer.

A eso se suman otros efectos que ya fueron observados en distintos estudios: mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, alteraciones del sistema inmunológico y cambios en la percepción del dolor. El mensaje central es claro: el sueño no cumple una sola función, sino que atraviesa prácticamente todos los sistemas fisiológicos del organismo.

El sueño también influye en la memoria y en el ánimo

Dormir bien no solo ayuda a recuperar energía. Según los especialistas, distintas fases del sueño cumplen tareas específicas. El sueño profundo de ondas lentas está muy vinculado con la consolidación de la memoria, mientras que la fase REM tiene un papel central en la gestión emocional.

En esa línea, Foster recordó resultados de investigaciones que mostraron mejoras claras en el rendimiento cognitivo después de una noche de buen descanso. También advirtió que el cerebro cansado tiende a fijar más las experiencias negativas y a perder de vista las positivas, algo que puede empujar a una persona hacia una mirada más pesimista o más irritable del día a día.

No es lo mismo dormir poco que tener insomnio

Otro punto que remarcan los especialistas es que no debe confundirse la privación de sueño con el insomnio. En el primer caso, la persona posterga el descanso por trabajo, obligaciones o hábitos; en el segundo, existe una dificultad persistente para dormirse o sostener el sueño aun cuando hay intención de descansar.

La diferencia práctica, explicó Leschziner, es sencilla: alguien privado de sueño se va a dormir rápido si tiene la oportunidad; una persona con insomnio no. Además, los estudios muestran que quienes sufren insomnio muchas veces no duermen muchísimo menos que el promedio, sino que suelen percibir de manera distorsionada cuánto tiempo pasaron despiertos durante la noche.

Recuperar sueño y cuidar el entorno

Los expertos también abordaron una duda habitual: si el sueño perdido se puede recuperar. Foster sostuvo que, si una persona duerme mucho más cuando no pone despertador, eso puede ser una señal de que venía arrastrando una necesidad insatisfecha de descanso. Aun así, advirtió que prolongar demasiado el sueño durante el fin de semana también puede alterar los ritmos circadianos si se vuelve una costumbre repetida.

Entre las recomendaciones más concretas para descansar mejor, Leschziner sugirió prestar atención al entorno: cortinas opacas, menos ruido, horarios más ordenados y menor exposición a cafeína o alcohol en momentos cercanos al sueño. La conclusión de fondo es bastante menos rígida que la vieja regla de las ocho horas: no todos necesitan lo mismo, pero dormir mal durante mucho tiempo sí tiene un costo.