Cuando Argentina abandonó la neutralidad y le declaró la guerra a la Alemania nazi
La declaración de guerra de la Argentina a la Alemania nazi y a Japón llegó tarde, cuando el desenlace de la Segunda Guerra Mundial ya estaba prácticamente sellado. Sin embargo, aquella decisión del 27 de marzo de 1945 no fue un gesto simbólico aislado: fue la salida que encontró el gobierno de Edelmiro Farrell para romper el aislamiento internacional, bajar la tensión con Estados Unidos y evitar que el país quedara afuera del nuevo orden mundial que empezaban a diseñar las potencias vencedoras.
La medida fue tomada en un contexto de máxima presión diplomática. Washington venía endureciendo su postura frente a la Argentina desde hacía años por su negativa a abandonar la neutralidad, una posición que el país sostuvo incluso cuando casi toda América Latina ya había roto relaciones o directamente le había declarado la guerra al Eje. En ese escenario, la figura de Juan Domingo Perón empezó a ganar peso, tanto dentro del gobierno militar como en la mirada desconfiada de los norteamericanos.
Estados Unidos quería alinear a toda América
Estados Unidos había entrado formalmente en la guerra el 8 de diciembre de 1941, un día después del ataque japonés a Pearl Harbor. A partir de entonces empujó una estrategia de alineamiento continental para que todos los países americanos cerraran filas contra Alemania, Italia y Japón. Esa política chocó con la resistencia argentina, sostenida diplomáticamente por el canciller Enrique Ruiz Guiñazú y acompañada en un primer momento por Chile.
La tensión se volvió más fuerte en la conferencia de cancilleres de 1942. Al final de ese encuentro, todos los países del continente habían interrumpido relaciones con el Eje, menos Argentina y Chile. Para Washington, la negativa argentina dejó de ser una diferencia diplomática y pasó a verse como un desafío político directo.
La presión sobre Buenos Aires fue creciendo
Desde entonces, las relaciones con Estados Unidos entraron en una pendiente cada vez más áspera. En Washington se extendió la sospecha de que la Argentina mantenía vínculos comerciales encubiertos con Alemania y Japón, y el gobierno norteamericano empezó a impulsar medidas para aislarla. El secretario de Estado, Cordell Hull, era uno de los principales partidarios de doblegar sí o sí a la Argentina.
Estados Unidos intentó incluso sumar a Gran Bretaña a esa presión, pero Londres se movió con más cautela. Los británicos no querían comprometer una relación económica clave con Buenos Aires, sobre todo por el abastecimiento de carne y por sus intereses comerciales en el país. Esa diferencia entre aliados le dio algo de margen al gobierno argentino, aunque no alcanzó para frenar el deterioro general.
La ruptura de relaciones no alcanzó
Finalmente, el 26 de enero de 1944, el gobierno de facto de Pedro Pablo Ramírez rompió relaciones diplomáticas con Alemania y Japón. La decisión respondió al aislamiento internacional y al temor a nuevas sanciones económicas. Pero esa jugada no resolvió el problema: a Ramírez le costó apoyos internos y tampoco conformó a Estados Unidos, que seguía viendo al nuevo gobierno como una estructura con simpatías hacia el Eje.
La crisis se profundizó hasta que Ramírez fue desplazado y reemplazado por Edelmiro Farrell en febrero de ese mismo año. Para entonces, Perón ya tenía una influencia determinante en el tablero militar y político. Washington lo observaba con creciente desconfianza y temía que detrás de su figura se estuviera consolidando un proyecto autoritario con rasgos nacionalistas y antiestadounidenses.
Perón, la desconfianza de Washington y el cerco diplomático
En medio de la guerra, Perón dejó en claro que la Argentina no podía desentenderse por completo del conflicto global. Si bien defendía la idea de un país pacífico, advertía sobre la posibilidad de un ataque exterior, sin importar quién resultara vencedor en la contienda. En Estados Unidos, ese tipo de señales eran leídas como síntomas de un proyecto político peligroso.
La presión se tradujo en medidas concretas. El Departamento del Tesoro congeló depósitos argentinos en oro, los puertos del país fueron declarados zonas prohibidas para buques norteamericanos y se redujeron exportaciones. Al mismo tiempo, Estados Unidos empujó a otros gobiernos a retirar sus representaciones diplomáticas de Buenos Aires. La Argentina quedaba cada vez más sola.
Chapultepec y el temor a quedar afuera del nuevo mundo
La conferencia de Chapultepec, realizada en febrero de 1945, terminó de profundizar ese aislamiento. Estados Unidos logró que la Argentina no participara y el encuentro aprobó una declaración que cuestionaba abiertamente su posición. El mensaje político era claro: si Buenos Aires seguía aferrada a la neutralidad, corría el riesgo de quedar fuera del sistema internacional que se estaba reorganizando al final de la guerra.
Ese punto era especialmente sensible porque ya se preparaba la conferencia de San Francisco, donde nacería la ONU. Para el gobierno argentino, quedar excluido de esa instancia significaba aceptar una derrota diplomática de largo alcance. Ahí fue donde la declaración de guerra empezó a volverse una salida inevitable, más pragmática que ideológica.
La guerra formal, cuando el final ya estaba escrito
El 27 de marzo de 1945, a través del decreto 6945, la Argentina le declaró la guerra a Japón y a Alemania. En los hechos, la contienda en Europa estaba prácticamente decidida. Los aliados habían cruzado el Rin, los soviéticos avanzaban hacia Berlín y la caída del régimen nazi era cuestión de semanas. Un mes después, Adolf Hitler se suicidó en su búnker y el 8 de mayo Alemania capituló.
Por eso, muchos interpretaron la decisión argentina como una formalidad tardía. El propio Perón, según recogió después Félix Luna, habría admitido en privado que no quedaba otra salida: si la Argentina no se alineaba en ese momento, el costo diplomático podía ser demasiado alto. La frase que se le atribuye resume ese realismo brutal: la guerra se declaraba por necesidad política, no por convicción militar.
Una decisión internacional con efectos locales
La declaración de guerra no fue recibida de manera uniforme dentro del país. Hubo manifestaciones nacionalistas en Buenos Aires con consignas como “Patria sí, guerra no”, y el tema agitó tensiones internas dentro del gobierno y del Ejército. Pero la medida también permitió que la Argentina firmara días después el Acta Final de Chapultepec y buscara recuperar lugar en la escena internacional.
Ese movimiento se dio mientras el escenario interno también empezaba a cambiar. En los meses siguientes se anunciaron nuevas reglas para los partidos políticos y la convocatoria a elecciones. En ese marco, Perón comenzó a consolidar una figura que, lejos de salir dañada por aquella pulseada con Washington, terminó fortaleciéndose. La guerra que se cerraba en Europa abría, en la Argentina, otra disputa mucho más decisiva para su futuro político.