El historiador francés Johann Chapoutot, especialista en la Alemania nazi y profesor en la Sorbonne, volvió sobre una pregunta central para entender el siglo XX: cómo llegó Adolf Hitler al poder. En su último libro, Irresponsables, el ensayista sostiene que el ascenso del nazismo no fue inevitable ni puede explicarse solo por el voto popular. Según publicó El País, su tesis apunta a la responsabilidad de las élites conservadoras, que creyeron poder utilizar a Hitler para frenar a la izquierda y preservar sus intereses.

Chapoutot rechaza la idea de que la historia esté condenada a repetirse. Para él, presentar el regreso del fascismo como una fatalidad solo favorece la resignación. «Yo aspiro a demostrar lo contrario: que el regreso del fascismo no es inevitable», afirmó durante la entrevista.

La caída de Weimar y el rol de las élites

El historiador plantea que la República de Weimar no cayó simplemente por las urnas. Según su análisis, la democracia alemana comenzó a ser desmantelada en 1930, cuando sectores conservadores, financieros, militares e industriales decidieron gobernar mediante decretos presidenciales y estado de excepción. Tres años después, cuando los nazis llegaron al poder, ese proceso ya había debilitado las bases institucionales.

Chapoutot sostiene que Hitler preparó su llegada al gobierno buscando apoyo en círculos patronales y clubes de poder. Prometía destruir a comunistas, socialdemócratas y sindicatos, además de impulsar la recuperación económica mediante el rearme. Para las élites alemanas, el nazismo aparecía como una herramienta útil contra la democracia social.

El historiador señala a figuras como Franz von Papen, antiguo canciller conservador, y Alfred Hugenberg, magnate de la prensa y dirigente nacionalista. Según su lectura, no todos eran nazis fanáticos, pero sí hombres de orden dispuestos a pactar con Hitler. «Pensaron que podían servirse de Hitler. Y se equivocaron», resumió.

«Lo subestimaron por desprecio de clase»

Una de las claves del libro es la subestimación de Hitler por parte de quienes facilitaron su llegada al poder. Chapoutot afirma que las élites alemanas lo veían como un personaje menor, sin fortuna, sin títulos, sin redes tradicionales de influencia y con un origen social despreciado por los sectores dominantes. «Para esas élites, Hitler era un don nadie», explicó.

Según el historiador, ese desprecio de clase fue determinante. Creyeron que podrían controlarlo y que gobernaría en favor de sus intereses. La experiencia terminó demostrando lo contrario: la extrema derecha utilizó el poder institucional para destruir desde adentro el sistema que le permitió llegar.

Chapoutot también traza una advertencia sobre los pactos entre derechas moderadas y extremas derechas. Sostiene que comparten enemigos, como la izquierda, los sindicatos y la democracia social, pero no comparten necesariamente los límites institucionales. Para el historiador, esa diferencia vuelve riesgosa cualquier alianza basada solo en cálculos electorales.

Medios, miedo y sentido común

El ensayista también analiza el papel de los medios en el crecimiento del nazismo. Hugenberg, recordó, controlaba una enorme maquinaria de periódicos y compañías de cine. Ese ecosistema ayudó a presentar el mensaje nazi como algo de «sentido común».

Chapoutot comparó ese mecanismo con debates actuales en Europa. Mencionó cómo algunos discursos convierten la expulsión de inmigrantes o el rechazo a ciertas agendas culturales en propuestas aparentemente razonables. Según su mirada, el miedo funciona como una herramienta política cuando se construyen enemigos amplios y difíciles de definir.

En ese punto, recordó la campaña contra el llamado «bolchevismo cultural». Para el historiador, esa expresión servía para agrupar amenazas muy distintas y movilizar temor social. Su advertencia es que los conceptos vagos pueden tener un uso político potente cuando se repiten desde medios con capacidad de influencia.

Historia, memoria y presente

Chapoutot también cuestionó la forma en que las sociedades europeas trabajaron el pasado nazi. «En los últimos 80 años, ha habido mucha memoria y muy poca historia», sostuvo. Para él, la conmemoración puede perder fuerza si no va acompañada de explicación histórica.

Aun así, el historiador evita el fatalismo. Reconoce un presente oscuro, con el crecimiento de fuerzas de extrema derecha en distintos países, pero insiste en que todavía existe margen de acción. «Tenemos una ventaja inmensa sobre nuestros abuelos y bisabuelos: nosotros sabemos», afirmó.

Esa conciencia histórica, según Chapoutot, puede servir para actuar antes de que los procesos autoritarios avancen. El regreso del fascismo no sería un destino cerrado, sino una posibilidad política que puede frenarse. Su libro busca, precisamente, discutir la responsabilidad de quienes abren la puerta creyendo que después podrán cerrarla.