La posibilidad de un evento fuerte de El Niño durante el segundo semestre del año volvió a poner en alerta a los organismos climáticos internacionales. Según la Organización Meteorológica Mundial, existe un 90% de probabilidad de que el fenómeno reaparezca en los próximos meses y no se descarta que alcance una intensidad elevada. El escenario preocupa por su capacidad de modificar lluvias, temperaturas y patrones atmosféricos en distintas regiones del planeta.

El foco regional está puesto en Sudamérica, donde los efectos pueden ser muy distintos según la zona. Para el sudeste del continente, los modelos advierten sobre lluvias por encima de lo habitual, con especial atención sobre el sur de Brasil, Paraguay, Uruguay y sectores del norte y noreste argentino. En cambio, el norte de Sudamérica, América Central y el noreste de Brasil podrían enfrentar períodos más secos o precipitaciones por debajo de los valores normales.

El fenómeno que puede alterar el clima global

El Niño forma parte de las variaciones naturales más influyentes del sistema climático. Su aparición está vinculada al calentamiento anómalo de la superficie del mar en el Pacífico ecuatorial central y oriental. Ese cambio altera la circulación atmosférica y puede modificar durante meses el régimen de lluvias, vientos y temperaturas en distintas partes del mundo.

Para anticipar su evolución, los especialistas siguen distintos indicadores oceánicos y atmosféricos. Entre ellos aparecen la temperatura superficial y subsuperficial del Pacífico, el comportamiento de los vientos y el índice de oscilación austral. Cuando esas variables se alinean, aumentan las chances de que el fenómeno se consolide y empiece a influir sobre el clima global.

Por qué crece la preocupación por un «Super Niño»

El concepto de «Super Niño» se utiliza cuando el calentamiento del Pacífico ecuatorial alcanza valores excepcionales. La referencia técnica más citada es la región Niño 3.4, donde la temperatura superficial del mar debe superar al menos los 2°C por encima del promedio durante varios meses. Desde mediados del siglo pasado, solo tres episodios llegaron a esa magnitud: 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016.

Los modelos internacionales muestran señales que explican el nivel de alerta. La NOAA, organismo oceánico y atmosférico de Estados Unidos, estimó un 62% de probabilidad de desarrollo de El Niño entre junio y agosto. AccuWeather asignó un 15% de chances a un episodio intenso en ese período, mientras que el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo proyectó anomalías que podrían llegar a 3,3°C hacia septiembre.

Esa combinación no alcanza para confirmar todavía un evento extremo, pero sí obliga a sostener el monitoreo. Los especialistas remarcan que estos fenómenos tienen un comportamiento irregular y pueden cambiar con rapidez. La incertidumbre se suma a un contexto de océanos y atmósfera más cálidos, una condición que puede intensificar lluvias torrenciales, olas de calor, sequías e incendios forestales.

Qué zonas de Sudamérica quedarían más expuestas

La OMM advirtió que el sudeste sudamericano podría recibir precipitaciones superiores a las normales. Ese patrón suele elevar el riesgo de inundaciones, tormentas severas y deslizamientos en zonas vulnerables. Para Argentina, la vigilancia se concentra en el norte, el noreste, la Mesopotamia y parte de la región agrícola central.

El escenario opuesto podría darse en otras áreas del continente. El norte de Sudamérica, América Central y el noreste brasileño aparecen entre las regiones con mayor exposición a sequías o lluvias insuficientes. La distribución desigual de los impactos es una de las características centrales de El Niño, que puede aliviar déficits hídricos en algunos territorios y agravar problemas de agua en otros.

También preocupa el llamado «Niño Costero» en Perú y Ecuador. La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, señaló que ese proceso puede provocar lluvias intensas y calentamiento del mar. Ese cambio afecta la biodiversidad marina y golpea de manera directa a la industria pesquera.

El campo argentino mira la primavera y el verano

En Argentina, los efectos más relevantes podrían sentirse si el fenómeno se consolida hacia la primavera y el verano austral. Las áreas bajo mayor observación incluyen Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, el norte de Buenos Aires, la Mesopotamia y la región chaqueña. En esos sectores, un aumento de lluvias puede mejorar la humedad de los suelos, aunque también elevar el riesgo de anegamientos y demoras logísticas.

Para la producción agropecuaria, el impacto no sería lineal. En zonas que arrastran déficit hídrico, las precipitaciones podrían mejorar las condiciones de siembra y cosecha. En áreas con suelos saturados o infraestructura vulnerable, un evento fuerte podría generar caminos rurales intransitables, pérdida de lotes y complicaciones para la cosecha gruesa.

La Bolsa de Comercio de Rosario aportó una lectura más prudente sobre el panorama local. Su informe indicó que todavía no es posible determinar la intensidad del evento, aunque los modelos muestran una tendencia hacia El Niño para la segunda mitad de 2026. Por ahora, el invierno aparece con lluvias dentro de parámetros normales y sin señales concretas de excesos hídricos generalizados en la Argentina.

Los antecedentes que explican la alerta

Los episodios más fuertes de El Niño dejaron impactos severos en distintas regiones del mundo. El evento de 1997-1998 provocó pérdidas económicas superiores a USD 30.000 millones y cerca de 24.000 muertes. El de 2015-2016 marcó récords de calor y generó inundaciones y sequías en América del Sur, África y Centroamérica.

Los organismos internacionales remarcan que el seguimiento deberá ajustarse con cada actualización estacional. La intensidad final, el momento de inicio y la interacción con otros factores oceánicos serán decisivos para medir el impacto en Sudamérica. Para Argentina, los próximos reportes serán determinantes para anticipar riesgos agrícolas, preparar respuestas ante tormentas y definir medidas de prevención en zonas expuestas.