Okunoshima se volvió famosa por una imagen tan simpática como irresistible: cientos de conejos moviéndose libremente entre bosques, senderos y ruinas frente al mar interior de Japón. En los últimos años, esa escena la transformó en un destino turístico viral, impulsado por selfies, videos y el boca a boca en redes sociales. Pero detrás de esa postal amable se esconde una historia mucho menos luminosa, atravesada por el secreto militar, las armas químicas y uno de los capítulos más sombríos del Japón del siglo XX.

La pequeña isla, ubicada frente a la costa sur de Honshu y relativamente cerca de Hiroshima, tiene hoy una población estable de unos 1.200 conejos y apenas una veintena de habitantes. Cada año recibe cerca de 400.000 visitantes, atraídos por el paisaje y por la posibilidad de convivir con animales que prácticamente se adueñaron del lugar. Sin embargo, el verdadero misterio de Okunoshima no pasa solo por la cantidad de conejos, sino por la pregunta que sigue sin respuesta definitiva: cómo llegaron ahí y qué relación tienen con el pasado oculto de la isla.

Un destino turístico construido sobre una rareza

Okunoshima explotó como destino turístico en los últimos quince años, cuando empezó a circular masivamente en redes como “la isla de los conejos”. La combinación entre naturaleza, mar, silencio y animales sueltos generó una identidad visual perfecta para el turismo contemporáneo. El atractivo es inmediato: un lugar pequeño, remoto y casi irreal, donde los conejos parecen haber desplazado a las personas.

Ese fenómeno, sin embargo, tiene algo más que una simple rareza zoológica. Los conejos que hoy dominan la isla no pertenecen a una variante autóctona japonesa, sino a una especie europea. Ese detalle volvió todavía más intrigante la pregunta sobre su origen y alimentó durante años una serie de teorías que van desde hipótesis plausibles hasta relatos directamente extravagantes.

Cómo llegaron los conejos

Una de las explicaciones más difundidas sostiene que fueron introducidos por pescadores que llegaban a la isla, llevaban animales como mascotas o alimento y terminaron dejándolos allí. Sin depredadores naturales y con buenas condiciones ambientales, los conejos se habrían reproducido sin demasiado control. Otra teoría apunta a un grupo de estudiantes que, durante una excursión en los años setenta, habría liberado algunos ejemplares que luego se expandieron con rapidez.

Junto a esas versiones circularon otras mucho más extravagantes, desde visitantes europeos ricos que habrían dejado una “ofrenda” hasta hipótesis fantásticas con extraterrestres. Pero la explicación que más peso simbólico tiene, y también la más perturbadora, es la que conecta la presencia de los animales con la etapa en la que la isla funcionó como base de experimentación y producción militar.

El lado oculto de Okunoshima

Antes de convertirse en una curiosidad turística, Okunoshima fue una isla borrada deliberadamente de los mapas. A partir de 1929, el gobierno imperial japonés montó allí una base secreta para la producción de armas químicas, en abierta contradicción con el Protocolo de Ginebra de 1925, que prohibía el uso de ese tipo de armamento en la guerra. El secreto era tan importante para la operación que la isla desapareció formalmente de la cartografía durante años.

En ese complejo se fabricaron sustancias altamente letales, entre ellas gas mostaza y lewisita, dos compuestos asociados a algunos de los métodos más crueles de la guerra química. Según se documentó después, Japón utilizó estas armas en China durante la Guerra Sino-Japonesa. La isla, por lo tanto, no fue solo una base militar aislada, sino una pieza concreta dentro de la maquinaria bélica del Imperio japonés.

La teoría más inquietante sobre los conejos

Es en ese contexto donde aparece la hipótesis más oscura sobre los conejos. Algunos expertos creen que fueron llevados a Okunoshima para ser utilizados en pruebas vinculadas con gases tóxicos, ya que su fisiología permitía observar los efectos de esas sustancias en organismos vivos. Bajo esa lectura, los animales que hoy alimentan la imagen más amable de la isla podrían ser descendientes lejanos de una historia de experimentación y violencia.

Otros especialistas relativizan esa versión y sostienen que, si los conejos hubieran formado parte de esos ensayos, los militares difícilmente los habrían dejado con vida al abandonar el complejo. Esa objeción mantiene abierto el enigma. Pero incluso sin una confirmación absoluta sobre el origen de los animales, el vínculo entre la isla y el aparato químico del Japón imperial sí está fuera de discusión.

Un paisaje atravesado por la memoria

Después de 1945, Okunoshima fue abandonada y gran parte de sus instalaciones quedaron destruidas o en ruinas. Con el tiempo, la vegetación cubrió esas estructuras, y el lugar empezó a adquirir el aspecto ambiguo que conserva hasta hoy: una mezcla de belleza natural, abandono y memoria bélica. En 1988 se inauguró allí el Museo del Gas Venenoso, destinado a recordar tanto la producción de armas químicas como el sufrimiento de quienes trabajaron en la isla y padecieron graves consecuencias físicas.

Ese museo funciona como recordatorio de que el encanto turístico no alcanza para borrar lo que ocurrió en ese territorio. La isla no es solo un santuario de conejos ni una rareza para turistas: también es un sitio donde sobreviven las huellas de una maquinaria clandestina de guerra. Esa tensión entre ternura y horror es, justamente, lo que vuelve tan singular a Okunoshima.

La postal y lo que deja fuera de cuadro

Hoy, la isla condensa dos relatos que conviven sin anularse. Por un lado, el del destino amable y curioso que atrae visitantes por su rareza y por el contacto con los animales. Por otro, el de un territorio marcado por el secreto, la producción de gases tóxicos y una memoria histórica que no termina de disolverse entre selfies y recorridos turísticos.

Esa convivencia es lo que le da a Okunoshima una densidad distinta. No se trata solo de un lugar bonito con una historia triste detrás. Se trata de un espacio donde la belleza actual y la violencia pasada comparten el mismo suelo. Y tal vez por eso la isla resulte tan fascinante: porque debajo de la imagen más viral sigue latiendo una historia que obliga a mirar dos veces.