La polémica del Mundial ’90: el día que Menem pidió por Ramón Díaz y terminó cara a cara con Bilardo
El 4 de febrero de 1990, la Argentina vivía otra jornada gris, literal y política. Con la segunda hiperinflación instalada, la economía en llamas y una sociedad con bronca, el entonces presidente Carlos Menem desató una inesperada polémica futbolera: exigió que Ramón Díaz fuera convocado al Mundial de Italia. Sus declaraciones, desde La Rioja, sorprendieron a propios y extraños: «Lo que le falta al equipo son goles, y Carlos Salvador Bilardo cometería un error imperdonable si no convoca a Ramón Díaz».
El impacto fue inmediato. No solo por el nombre del jugador —figura en el Mónaco— ni por el crítico momento de la Selección, que llevaba más de 700 minutos sin anotar. Fue el hecho de que un presidente de la Nación interviniera de lleno en una decisión técnica de la AFA lo que generó un verdadero sismo. Para colmo, Menem redobló la apuesta: también pidió por Héctor Enrique y justificó su reclamo «como hincha» y «como alguien que fue jugador y técnico».
Una Selección sin gol en medio de la hiperinflación
En ese verano de 1990, la Argentina arrastraba turbulencias. La inflación había trepado al 80% mensual, el dólar duplicó su valor en semanas y los servicios llegaban con aumentos del 200%. En ese contexto, el fútbol no era una excepción. Tras la consagración en México 86, el equipo se desdibujó: cayó en la Copa América del 89, Maradona no brillaba y la gira previa al Mundial dejó resultados mediocres.
Fue en ese escenario que Menem habló. Y lo hizo más de una vez. Cada declaración avivaba el fuego y tensaba la relación con Bilardo, que en silencio seguía evaluando a los jugadores. Aunque el técnico nunca se refirió directamente al pedido presidencial, la presión mediática crecía. Incluso, figuras como Valdano y Batista rechazaron el gesto: «Me parece un error táctico», resumió Ricardo Giusti, sin disimular su incomodidad.
Ramón Díaz, Menotti, Maradona… y el veto silencioso
El pedido del presidente tenía asidero en lo futbolístico. Díaz era figura en Europa y la falta de gol era alarmante. Pero en la interna de la Selección, su presencia era imposible. Identificado con Menotti y distanciado de Maradona —incluso enfrentados desde la época del Napoli—, el Pelado nunca estuvo en los planes del doctor. Tampoco encajaba en el estilo: Bilardo prefería delanteros más móviles, como Caniggia.
Sin embargo, el rumor crecía. La gente lo pedía, Menem insistía y los medios presionaban. Desde Europa, el propio Ramón decía: «No creo que solo Menem piense que debo estar. En toda Europa hablan de ello». El Presidente, lejos de retroceder, se victimizó: «Todos opinan de mí, y ahora que yo opino de fútbol, me critican». Pero algo cambió.
La cumbre en Olivos y la tregua inesperada
El 17 de abril de 1990, a 52 días del debut mundialista, se produjo un encuentro que parecía inevitable: Bilardo, Menem y Julio Grondona cenaron en la Quinta de Olivos. Allí, el Presidente ensayó una disculpa sin pedir perdón. «Si te ocasioné algún problema, te pido disculpas. Pero el conductor siempre es el que decide», dijo, en tono conciliador. Bilardo respondió con su clásica diplomacia: «Yo siempre dije que cualquiera puede opinar. No hay problema».
La reunión cerró la grieta. No hubo cambio de planes: Díaz no fue convocado y Enrique quedó afuera por lesión. Valdano, que había vuelto a pedido de Bilardo, también fue descartado. La lista la completó Gabriel Calderón. Menem, tal como había prometido, asistió al debut ante Camerún. Y se fue antes de tiempo: un escándalo familiar lo obligó a volver tras la derrota 1-0, con expulsión incluida de Caniggia.
Un milagro, una final y el saludo en el balcón
La historia ya es conocida. Contra todos los pronósticos, Argentina llegó a la final de Italia 90. No brilló, pero resistió, luchó y emocionó. Perdió con Alemania, pero fue recibida como campeona. En el balcón de la Casa Rosada, Bilardo y Menem volvieron a compartir escena. Había pasado la tormenta. La Selección no sumó a Díaz, pero forjó una epopeya. El presidente que quiso opinar como hincha, terminó aplaudiendo como todos.