Un infarto no siempre provoca el dolor intenso en el pecho que suele asociarse con una emergencia cardíaca. Algunas personas atraviesan un llamado infarto silencioso con síntomas leves, poco habituales o incluso sin reconocer ninguna señal en ese momento. Pese a pasar inadvertido, la interrupción del flujo sanguíneo puede causar un daño permanente en el músculo cardíaco.

La American Heart Association (AHA) estima que unos 170.000 de los aproximadamente 805.000 infartos que se producen cada año en Estados Unidos son silenciosos. En muchos casos, el episodio se descubre meses o incluso años después durante un estudio realizado por otra razón. La ausencia de síntomas intensos no reduce necesariamente las consecuencias que puede dejar en el corazón.

Qué síntomas pueden confundirse con otras molestias

Entre las posibles señales aparecen cansancio fuera de lo habitual, falta de aire, náuseas, mareos y sudoración. También puede existir una presión o molestia leve en el pecho, además de dolor en la mandíbula, el cuello, la espalda o los brazos. Algunos pacientes describen sensaciones parecidas a la acidez o una indigestión.

Precisamente por su baja intensidad, esos síntomas pueden atribuirse al estrés, el cansancio, una comida pesada o una molestia muscular. El episodio puede terminar sin que la persona consulte a un médico y recién adquirir importancia cuando un estudio detecta una lesión antigua. Al reconstruir lo ocurrido, algunos pacientes recuerdan entonces períodos de agotamiento inexplicable o dificultad para respirar.

Las mujeres pueden presentar con mayor frecuencia síntomas menos asociados popularmente con un infarto, como fatiga, náuseas, falta de aire o dolor de espalda. Esto no significa que no puedan experimentar dolor en el pecho, que continúa siendo una señal importante en ambos sexos. El problema aparece cuando las manifestaciones menos características son interpretadas como trastornos menores.

Quiénes tienen mayor riesgo

Los factores de riesgo son similares a los de cualquier otro infarto. Entre ellos se encuentran la edad, hipertensión arterial, colesterol elevado, diabetes, tabaquismo, exceso de peso, enfermedad renal crónica y antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular. La falta de actividad física y haber sufrido previamente un episodio cardíaco también aumentan el riesgo.

La diabetes merece especial atención porque el daño de los nervios asociado con la enfermedad puede modificar la percepción del dolor. Una persona puede experimentar señales más débiles y no reconocer que está atravesando un problema cardíaco. Esto puede retrasar la consulta y, con ella, el tratamiento destinado a restablecer el flujo sanguíneo.

Haber sufrido un infarto silencioso también incrementa la posibilidad de problemas posteriores. Entre las complicaciones aparecen un nuevo infarto, insuficiencia cardíaca y accidentes cerebrovasculares. El daño producido durante el episodio inicial puede permanecer aunque la persona nunca haya advertido lo que estaba ocurriendo.

Cómo puede descubrirse un infarto ocurrido años atrás

Un electrocardiograma puede mostrar cambios compatibles con una lesión cardíaca previa, mientras un ecocardiograma permite evaluar si alguna parte del corazón presenta alteraciones en su movimiento o capacidad de contracción. La resonancia magnética cardíaca ofrece imágenes más detalladas y puede detectar cicatrices dejadas por un infarto antiguo. Esas señales pueden permanecer visibles durante años.

Un estudio publicado en JAMA Cardiology siguió a adultos mayores que habían sufrido infartos no reconocidos y encontró que, a largo plazo, su mortalidad se aproximaba a la de quienes sí habían recibido un diagnóstico durante el episodio. Otra investigación encontró una mayor incidencia de insuficiencia cardíaca entre personas con señales de un infarto silencioso. Los resultados refuerzan la importancia de no considerar estos episodios como una variante inofensiva.

La detección de una lesión previa permite además revisar otros factores de riesgo y establecer medidas para reducir la posibilidad de nuevos eventos. El control de la presión arterial, el colesterol y la glucosa forma parte de esa evaluación. Según cada paciente, el médico puede solicitar estudios adicionales o indicar tratamientos específicos.

Cuándo buscar atención médica

Una molestia leve no significa automáticamente que exista un problema cardíaco, pero determinadas combinaciones de síntomas requieren atención. Dolor o presión en el pecho, falta de aire, sudoración, náuseas o dolor que se extiende hacia brazos, espalda, cuello o mandíbula pueden ser señales de un infarto. Si aparecen de manera repentina o existe una sospecha de un evento cardíaco, la recomendación es buscar asistencia de emergencia sin esperar a que desaparezcan.

Cuando los síntomas ocurrieron tiempo atrás y ya no están presentes, una consulta médica puede ayudar a determinar si corresponde realizar estudios. Un profesional podrá evaluar antecedentes personales, factores de riesgo y características de aquel episodio antes de decidir qué pruebas son necesarias. Un infarto puede haber pasado inadvertido en el momento, pero las marcas que deja en el corazón permiten en algunos casos reconstruirlo mucho tiempo después.