Un estudio internacional publicado en Nature advirtió que grandes regiones de la Amazonía podrían degradarse de manera irreversible si la pérdida de cobertura forestal continúa avanzando. El trabajo plantea que, con una deforestación de entre el 22% y el 28%, el ecosistema podría entrar en una fase crítica incluso antes de que el calentamiento global llegue a los 2 °C. La investigación sostiene que el riesgo sería posible con aumentos de temperatura de entre 1,5 °C y 1,9 °C, por debajo de algunas estimaciones previas.

El informe señala que el Amazonas ya perdió entre el 17% y el 18% de su cobertura original. Esa cifra deja al bosque cerca del rango que los científicos identifican como peligroso para su estabilidad. El problema central no está únicamente en la tala directa, sino en la alteración del ciclo de humedad que permite sostener las lluvias dentro y fuera de la selva.

El rol clave de los árboles en las lluvias

El equilibrio del Amazonas depende en gran parte del vapor de agua que liberan los árboles mediante la transpiración. Según el Instituto de Investigación sobre el Impacto del Clima de Potsdam, cerca del 50% de las precipitaciones sobre la región proviene de ese reciclaje de humedad. Cuando se eliminan grandes superficies de bosque, ese mecanismo se debilita y las lluvias pueden volverse más irregulares.

Los investigadores advierten que la deforestación en una zona puede afectar regiones ubicadas a cientos o miles de kilómetros. La pérdida de árboles reduce el aporte de humedad a la atmósfera y favorece períodos secos más largos. Ese proceso disminuye la capacidad de recuperación del ecosistema frente a sequías, incendios y otros eventos extremos.

Los escenarios que plantean los científicos

Las simulaciones climáticas incluidas en el estudio muestran diferencias importantes según el nivel de deforestación. Si la pérdida de cobertura se mantiene por debajo del 18%, el umbral de degradación generalizada se ubicaría entre 3,7 °C y 4 °C de calentamiento global. En cambio, si la deforestación supera el 22%, alrededor del 77% de la selva podría iniciar una transición degradativa con un aumento mucho menor de la temperatura.

Las áreas más vulnerables se ubican en el oeste y suroeste del bioma amazónico. Allí, la dependencia del reciclaje de humedad es más alta y cualquier alteración del ciclo hidrológico puede generar efectos en cadena. Las zonas cercanas a fronteras agrícolas, áreas urbanas o regiones con mayor presión humana enfrentan riesgos adicionales.

Impacto para Sudamérica

La degradación de la Amazonía tendría consecuencias ambientales, sociales y económicas para toda la región. El bosque funciona como un regulador climático y como una de las mayores reservas de biodiversidad del planeta. Si pierde capacidad para sostener lluvias y absorber dióxido de carbono, el impacto se sentiría también en actividades productivas que dependen del agua.

El estudio advierte que los cambios en los patrones de lluvia podrían afectar a países como Brasil, Bolivia, Paraguay y Argentina. La agricultura, la disponibilidad de agua y la estabilidad de ecosistemas regionales quedarían más expuestas a sequías y eventos extremos. También aumentaría el riesgo de pérdida de especies endémicas y funciones ecológicas que no pueden recuperarse fácilmente una vez dañadas.

Qué medidas recomiendan

Los autores del trabajo señalan que todavía existe margen para reducir el riesgo si se frena la deforestación y se restauran áreas degradadas. La recuperación de cobertura forestal puede ayudar a recomponer parte de la resiliencia climática del bosque. Sin embargo, advierten que algunos daños podrían volverse irreversibles si se superan los umbrales críticos.

Las recomendaciones incluyen fortalecer políticas de conservación, ampliar la vigilancia sobre zonas de riesgo y crear incentivos para recuperar áreas dañadas. También remarcan la importancia de la cooperación internacional, ya que la Amazonía cumple un papel climático que excede las fronteras de los países que la comparten. La protección del bosque aparece así como una condición clave para la estabilidad ambiental, la biodiversidad y la seguridad alimentaria de Sudamérica.