Un documento egipcio escrito hace más de 3.300 años volvió a instalar una discusión que mezcla arqueología, textos antiguos y tradición bíblica. Se trata del Papyrus Anastasi I, una pieza conservada en el Museo Británico que contiene una carta atribuida al escriba Hori y que describe a guerreros de gran estatura en la región de Canaán.

La referencia cobró nuevo impulso a partir de un análisis de la organización Associates for Biblical Research (ABR), que puso el foco en un pasaje donde se menciona a integrantes del pueblo Shasu con una altura de “cuatro o cinco codos”. Si se toma como medida el codo real egipcio, esos valores ubicarían a esos hombres entre poco más de dos metros y cerca de dos metros y medio, una proporción que reavivó la comparación con los gigantes mencionados en relatos del Antiguo Testamento.

Qué dice el papiro y por qué volvió a llamar la atención

El interés alrededor del papiro no es nuevo, pero el documento volvió a circular con fuerza por la manera en que describe a esos grupos nómadas del sur del Levante. En el texto atribuido a Hori, los Shasu aparecen retratados como hombres feroces, asentados en una zona estrecha y con un porte físico fuera de lo común. Esa mención fue leída por algunos investigadores como un eco posible de figuras como los Nephilim, los Anakim o los Refaim, presentes en distintos tramos de la Biblia.

La hipótesis que más ruido hizo en los últimos días sostiene que podría haber una conexión entre ese testimonio egipcio y otras fuentes de la región. En ese paquete aparecen también menciones a los Iy Aneq en textos egipcios y cananeos, un grupo que algunos especialistas vinculan con los Anakim bíblicos. La discusión, en ese punto, no pasa solo por una palabra o una medida, sino por la coincidencia entre relatos surgidos en un espacio geográfico y temporal parecido.

Entre el dato histórico y la exageración literaria

Sin embargo, esa lectura está lejos de tener consenso. Dentro de la egiptología, el Papyrus Anastasi I suele ser considerado una carta de tono satírico o escolar, escrita como ejercicio para la formación de escribas militares. Bajo esa interpretación, las descripciones extremas no deben leerse de forma literal, sino como recursos retóricos para exagerar peligros, defectos o virtudes dentro de un texto con intención didáctica.

Ese punto es clave porque condiciona toda la discusión. Para quienes adoptan una mirada más escéptica, las referencias a hombres de tamaño descomunal encajan mejor como hipérboles narrativas que como prueba de la existencia de gigantes. También remarcan que, hasta ahora, no aparecieron restos físicos sólidos que permitan confirmar la presencia de poblaciones humanas de más de dos metros y medio en esa región durante la Edad del Bronce.

Los otros indicios que alimentan la controversia

Del lado de quienes consideran que el papiro merece una lectura más abierta, el argumento principal es que la carta no estaría sola. El análisis de ABR destaca que hay relieves egipcios del reinado de Ramsés II, como los vinculados a la batalla de Qadesh, donde ciertos enemigos Shasu aparecen representados con un tamaño superior al habitual. A eso se suman tablillas y fragmentos de cerámica mencionados en distintos estudios, que vuelven a poner en escena a grupos asociados a hombres de gran estatura.

La discusión también se alimenta con los propios relatos bíblicos. En el libro de Números, por ejemplo, los israelitas describen a los hijos de Anac como figuras ante las que se sentían “como saltamontes”. Más allá de la lectura religiosa, ese tipo de pasajes funciona como un puente cultural que ayuda a entender por qué la imagen del gigante quedó tan instalada en la memoria del Cercano Oriente antiguo.

Un enigma que sigue abierto

El centro del debate, de todos modos, no está en resolver una curiosidad aislada, sino en definir cómo deben leerse las fuentes antiguas. El Papyrus Anastasi I puede ser visto como una pista histórica, como una pieza literaria o como una combinación de ambas cosas. Y justamente por eso sigue resultando atractivo para arqueólogos, biblistas e historiadores.

Lo que el documento logró, una vez más, fue empujar una pregunta que sigue sin respuesta cerrada: cuánto de esos relatos sobre hombres gigantes pertenece al terreno de la experiencia real y cuánto al de la exageración, el miedo o la construcción simbólica. En esa frontera entre mito y registro histórico es donde el viejo papiro egipcio volvió a incomodar certezas.