La posibilidad de una ruptura dentro de la OTAN volvió a instalarse en el debate geopolítico a partir de las tensiones crecientes entre Estados Unidos y varios de sus socios europeos. La hipótesis, que por ahora luce lejana en términos formales, empezó a tomar volumen por un problema más profundo: el desgaste del vínculo político y estratégico dentro de una alianza que durante décadas se sostuvo, en buena medida, sobre el poder militar, financiero y diplomático de Washington.

Esa es la idea que atraviesa la columna de Pilar Rahola publicada en Infobae. Más que anticipar una salida inmediata de Estados Unidos o una implosión institucional del bloque atlántico, el texto pone el foco en otro fenómeno: una crisis de confianza entre los aliados, en un contexto donde Europa y la Casa Blanca ya no leen del mismo modo los conflictos globales ni el reparto de responsabilidades dentro de la alianza.

Una alianza nacida de una necesidad histórica

Para ordenar ese diagnóstico, Rahola vuelve al origen. Recuerda que la OTAN nació en la posguerra con un objetivo concreto: contener a la Unión Soviética, mantener a Estados Unidos comprometido con la seguridad europea y evitar que Alemania volviera a convertirse en un factor de desestabilización continental. Esa arquitectura, señala, solo fue posible porque Europa no tenía fuerza suficiente para garantizar por sí sola su defensa.

Desde entonces, el desequilibrio dentro de la alianza fue una constante. Estados Unidos aportó la mayor parte del gasto militar, de los activos estratégicos y de la infraestructura defensiva. Europa, en cambio, se apoyó durante décadas en ese paraguas de seguridad sin asumir una carga comparable. Esa asimetría, que nunca desapareció del todo, hoy reaparece como una de las claves del malestar.

El conflicto con Irán como acelerador de una tensión previa

La columna ubica en la guerra con Irán el punto más visible de ese desacople. Según Rahola, buena parte de Europa eligió una posición ambigua frente al conflicto, con reparos, restricciones o distancia respecto del alineamiento que esperaba Washington. En esa lectura, el problema no es solo militar, sino político: Estados Unidos siente que sigue sosteniendo una estructura costosa mientras sus aliados europeos evitan involucrarse cuando la situación exige definiciones más claras.

Esa incomodidad se potencia porque, al mismo tiempo, el conflicto tiene consecuencias directas sobre Europa. El eventual cierre del estrecho de Ormuz, la amenaza sobre el suministro energético y el riesgo de nuevas crisis migratorias afectan de manera mucho más inmediata al continente que a Estados Unidos. Por eso, la crítica que subyace en la nota es dura: Europa sería la región más expuesta a las consecuencias del conflicto, pero aun así elige moverse con cautela o con ambigüedad.

Estados Unidos, Europa y una diferencia de percepción

En el texto hay dos diagnósticos cruzados. Desde la mirada europea, el temor pasa por la posibilidad de una escalada descontrolada, una crisis económica y un deterioro interno en países con opiniones públicas poco dispuestas a respaldar otra guerra. Desde la vereda estadounidense, en cambio, el problema aparece como una falta de compromiso de aliados que exigen protección pero no acompañan cuando Washington reclama respaldo político y estratégico.

Esa diferencia de percepción es uno de los núcleos más fuertes del análisis. Porque la OTAN no se sostiene solo con armas, bases o presupuestos, sino también con una idea compartida de amenaza, de solidaridad y de interés común. Cuando esa coincidencia empieza a resquebrajarse, la alianza se debilita incluso aunque siga intacta en lo formal.

El caso español y el tono más duro de la columna

La columna de Rahola carga especialmente sobre España y sobre Pedro Sánchez, a quien presenta como el exponente más visible de esa ambigüedad europea. Allí el texto deja de ser una reflexión general sobre la OTAN y se vuelve más filoso, más político y más confrontativo. La autora interpreta la posición española no solo como una estrategia errada, sino como una fuente de aislamiento geopolítico y de pérdida de credibilidad frente a otros socios occidentales.

Ese tono vuelve más evidente el sesgo de la nota, pero también ayuda a entender desde dónde está escrita. No se trata de una pieza neutral ni académica, sino de una intervención política con una tesis clara: Europa no puede seguir sosteniendo una política de bajo compromiso frente a amenazas que, tarde o temprano, también terminan golpeándola.

¿Puede romperse la OTAN?

La pregunta que organiza la columna tiene una respuesta matizada. Rahola admite que una ruptura formal de la OTAN no parece cercana. Estados Unidos seguiría necesitando la alianza para conservar peso global y capacidad de decisión en el tablero internacional. Europa, por su parte, no tiene hoy cómo reemplazar en un plazo razonable el músculo militar, logístico y tecnológico que aporta Washington.

A eso se suman obstáculos concretos. La salida norteamericana del tratado tendría costos económicos altos, impacto político fuerte y barreras institucionales considerables, ya que requeriría un respaldo legislativo de enorme envergadura. En ese sentido, la hipótesis de una ruptura inmediata aparece más cerca de la presión retórica y de la guerra psicológica que de una decisión ejecutable en el corto plazo.

El problema real no sería la salida, sino el deterioro

Sin embargo, el punto más inquietante del análisis no pasa por una ruptura administrativa o jurídica. Pasa por otra cosa: la posibilidad de que la OTAN siga existiendo, pero con niveles mucho más bajos de cohesión, confianza y previsibilidad entre sus miembros. Esa erosión también debilita a la alianza, aunque no se traduzca en una salida formal.

Ahí está, probablemente, el núcleo más fuerte de la columna. La fragilidad de la OTAN no se mediría solo en la eventual salida de un socio, sino en la pérdida de credibilidad del compromiso mutuo. Y una alianza en la que sus miembros empiezan a dudar del respaldo real del otro ya entra en una zona delicada, aunque conserve sus estructuras y su nombre.

Una señal de alarma, más que un pronóstico cerrado

En definitiva, la nota de Rahola funciona menos como una predicción tajante sobre el final de la OTAN y más como una advertencia sobre el momento que atraviesa. La autora sostiene que el vínculo atlántico sigue siendo imprescindible, pero también que el margen para sostenerlo en los términos de siempre se está achicando.

La idea final es clara: la OTAN no parece al borde de una ruptura inmediata, pero sí enfrenta una crisis seria por el desacople entre Estados Unidos y Europa, por el cansancio norteamericano frente al reparto desigual de cargas y por la falta de una estrategia común ante amenazas que ya no se perciben del mismo modo a ambos lados del Atlántico. En ese escenario, el verdadero riesgo no sería una salida abrupta, sino una alianza cada vez más frágil, más tensa y menos confiable.