Cuando Bernardo Houssay murió el 21 de septiembre de 1971 tenía 84 años y seguía trabajando diariamente en su laboratorio. Había sido el primer latinoamericano en recibir el Premio Nobel de Medicina y una de las figuras centrales de la construcción científica argentina del siglo XX. A pesar de las ofertas que recibió para continuar su carrera en el exterior, decidió permanecer en el país y defendió durante décadas la investigación como una herramienta indispensable para el desarrollo.

Su postura quedó resumida en una de sus frases más recordadas: «La ciencia no es cara; cara es la ignorancia». Houssay sostenía que financiar investigaciones básicas, incluso aquellas sin una aplicación inmediata, era fundamental porque muchos avances tecnológicos y médicos nacían precisamente de ese conocimiento. También rechazaba la idea de que un científico pudiera desligarse de la realidad de su país y aspiraba a que la Argentina se convirtiera en una potencia científica.

Un estudiante excepcional que llegó temprano a la investigación

Nacido en Buenos Aires el 10 de abril de 1887, ingresó al Colegio Nacional de Buenos Aires antes de alcanzar la edad habitual y terminó el secundario con apenas 14 años. Su intención era estudiar Medicina, pero la facultad inicialmente lo rechazó por ser demasiado joven, por lo que comenzó en Farmacia y Bioquímica y obtuvo ese título a los 17. Finalmente pudo ingresar a Medicina y se recibió de médico a los 23 años.

Para entonces ya combinaba sus estudios con la docencia y la investigación. A los 21 años enseñaba Fisiología y, en 1919, con apenas 32, creó y pasó a dirigir el Instituto de Fisiología de la Universidad de Buenos Aires. Desde allí desarrollaría buena parte de las investigaciones que terminarían colocándolo entre los científicos más reconocidos de su época.

El descubrimiento que cambió la comprensión de la diabetes

La insulina ya había sido vinculada con la diabetes cuando Houssay comenzó a estudiar qué otros mecanismos hormonales intervenían sobre el metabolismo de los azúcares. Sus experimentos permitieron demostrar el papel del lóbulo anterior de la hipófisis y su relación con la regulación de la glucosa. El hallazgo amplió la comprensión de una enfermedad que hasta entonces se investigaba principalmente desde la función del páncreas y la insulina.

Uno de sus experimentos más conocidos consistió en estudiar animales a los que se les retiraba el páncreas, provocándoles diabetes, y observar qué ocurría cuando también se eliminaba la hipófisis. Houssay comprobó que esa intervención mejoraba el cuadro y demostró así que las hormonas hipofisarias tenían un papel decisivo en el metabolismo de los hidratos de carbono. Por estos trabajos recibió en 1947 el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, compartido con Gerty Cori y Carl Cori.

El reconocimiento llegó después de un período particularmente difícil para su carrera en la Argentina. Tras el golpe militar de 1943 había sido separado de la dirección del Instituto de Fisiología de la UBA y al año siguiente fundó el Instituto de Biología y Medicina Experimental para continuar investigando. Allí reunió equipos dedicados a endocrinología, nutrición, farmacología, hipertensión y diabetes, entre otras áreas.

Eligió quedarse y construir ciencia en Argentina

Pese a su reconocimiento internacional, Houssay rechazó propuestas para instalarse definitivamente en instituciones extranjeras. Su decisión estaba vinculada con la convicción de que la formación de científicos y la creación de instituciones eran condiciones necesarias para el progreso argentino. Esa idea también lo llevó a dedicar buena parte de su carrera a formar investigadores jóvenes.

Uno de sus discípulos fue Luis Federico Leloir, cuya tesis doctoral dirigió en el Instituto de Fisiología. Décadas más tarde, Leloir recibió el Premio Nobel de Química de 1970 por sus investigaciones sobre los nucleótidos de azúcar y su papel en la biosíntesis de los hidratos de carbono. La trayectoria de ambos terminó convirtiéndose en uno de los ejemplos más destacados de continuidad entre generaciones de científicos argentinos.

En 1958, Houssay fue además uno de los impulsores de la creación del Conicet y se convirtió en su primer presidente. También encabezó instituciones científicas nacionales e internacionales y continuó enseñando e investigando hasta sus últimos años. Incluso después de alcanzar el mayor reconocimiento de su carrera, mantuvo la rutina de laboratorio que había acompañado prácticamente toda su vida.

Houssay murió el 21 de septiembre de 1971, pero su legado excedió ampliamente el descubrimiento que le dio el Nobel. Defendió la investigación básica, formó científicos y ayudó a construir instituciones destinadas a sostener el conocimiento a largo plazo. Su idea central quedó sintetizada en otra de sus convicciones: un país que renuncia a producir ciencia también limita sus posibilidades de desarrollo.