El Gobierno de Vladimir Putin volvió a avanzar sobre la vida privada con una nueva señal de control sobre los cuerpos y las decisiones reproductivas. El Ministerio de Sanidad de Rusia actualizó sus pruebas de salud reproductiva y desde ahora recomienda derivar a un psicólogo clínico a las mujeres que respondan que no desean tener hijos. La medida no se aplica a los hombres y vuelve a exponer el sesgo oficial con el que Moscú enfrenta la caída de la natalidad.

El cambio fue incorporado en los cuestionarios médicos que forman parte de un chequeo voluntario anual. En el caso de las mujeres, el formulario incluye 61 preguntas y una de ellas consulta cuántos hijos les gustaría tener, incluyendo los ya nacidos. Si la respuesta es “ninguno”, el procedimiento indica que se recomienda una consulta psicológica. El argumento oficial es que se busca prevenir abortos y promover una “actitud positiva” hacia la maternidad.

Un control desigual según el sexo

La diferencia con el trato que reciben los hombres deja poco margen para la interpretación. El formulario masculino tiene 26 preguntas y, aunque también consulta sobre la cantidad de hijos deseados, la redacción es distinta y el criterio posterior cambia por completo. A ellos se les pregunta cuántos hijos querrían tener “dadas sus circunstancias actuales”, una formulación bastante más abierta y menos inquisitiva.

Además, si un hombre responde que no quiere hijos, no se activa ninguna sugerencia de atención psicológica. Esa asimetría vuelve a mostrar que el Estado ruso no aborda la baja natalidad como un fenómeno social complejo, sino como un problema que carga principalmente sobre las mujeres. En los hechos, la decisión femenina de no maternar empieza a quedar cada vez más cerca de una conducta a corregir que de una elección personal legítima.

La justificación oficial y el avance de la biopolítica

Desde el poder político intentaron suavizar la decisión con un discurso paternalista. Serguéi Leónov, jefe del Comité de Salud de la Duma Estatal, sostuvo que la medida no debería interpretarse de manera negativa y la presentó como una forma de cuidado. Según dijo, si una mujer no quiere tener hijos, un psicólogo puede ayudarla a entender las razones, que podrían ir desde dificultades afectivas hasta otros problemas personales.

Ese razonamiento deja al descubierto una lógica inquietante: el deseo de no tener hijos ya no aparece como una opción posible dentro de la vida adulta, sino como una señal de conflicto o desvío. Es una mirada cada vez más frecuente dentro de la política rusa reciente, donde el Estado se mete de lleno en la intimidad y convierte la caída demográfica en una excusa para disciplinar decisiones individuales.

Un contexto de mayor presión sobre el aborto y la autonomía femenina

La nueva recomendación no surgió aislada. Rusia viene endureciendo desde hace años su política sobre natalidad, aborto y libertad reproductiva. A fines de 2025, la Justicia rusa aplicó la primera multa por incitación al aborto a un hombre que no quería ser padre de gemelos por razones económicas. Al mismo tiempo, distintas clínicas del país empezaron a sufrir presiones para desprenderse de sus licencias para practicar interrupciones voluntarias del embarazo.

En 2024, además, el Parlamento aprobó una ley que prohíbe la propaganda de la ideología “childfree”, una ofensiva directa contra cualquier discurso que reivindique el derecho de las mujeres a no ser madres. En lugar de ampliar derechos o mejorar condiciones materiales para formar una familia, el Kremlin parece haber optado por una receta más conocida: más control, menos libertad y una nueva moral de Estado.

La obsesión del Kremlin con la natalidad

Las autoridades rusas vienen mostrando desde hace tiempo una preocupación creciente por la baja natalidad y por el envejecimiento de la población. En un país inmenso, con vastos territorios despoblados y una estructura demográfica cada vez más tensionada, el oficialismo convirtió el tema en una prioridad política. Pero la respuesta elegida no apunta tanto a resolver causas económicas o sociales, sino a intervenir sobre la conducta de la población.

Ese enfoque explica por qué la maternidad aparece cada vez más promovida como deber nacional y no solo como una posibilidad personal. También explica por qué el peso de esa presión recae sobre las mujeres mucho más que sobre los hombres. Bajo esa lógica, no querer hijos deja de ser una decisión y empieza a ser tratado como una anomalía que requiere corrección, acompañamiento o vigilancia.