Una médica advirtió que la hipertensión no empeora solo por malos hábitos y explicó por qué puede avanzar igual
La hipertensión arterial suele asociarse con el paso del tiempo, el exceso de sal o la falta de cuidado personal. Sin embargo, una mirada más profunda sobre esta enfermedad muestra que su avance no depende únicamente de esos factores. La médica clínica e inmunóloga Fernanda Montes de Oca planteó que la presión alta puede progresar incluso en pacientes que siguen indicaciones y mantienen hábitos saludables, porque una vez que se instala empieza a modificar el propio sistema que la regula.
La especialista propuso así un cambio de enfoque sobre una de las afecciones más extendidas del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2024 había 1.400 millones de adultos de entre 30 y 79 años con hipertensión, lo que representa un tercio de la población de esa franja etaria. A la vez, una gran parte de los casos permanece sin diagnóstico o sin control adecuado, lo que vuelve todavía más importante entender cómo funciona esta enfermedad más allá de las explicaciones simplificadas.
Qué pasa en el cuerpo cuando sube la presión
Montes de Oca sostuvo que la clave está en cómo circula la sangre dentro de los vasos sanguíneos. En condiciones normales, ese recorrido se da de manera ordenada, en un flujo laminar que permite que la sangre avance con eficiencia y sin dañar la pared vascular. El problema aparece cuando ese patrón se altera por cambios en la velocidad, en el diámetro del vaso o en otras condiciones que vuelven más caótica la circulación.
Cuando el flujo se vuelve turbulento, explicó, empieza a generarse una agresión repetida sobre el endotelio, la capa más interna de arterias y venas. Ese tejido no funciona solo como un recubrimiento, sino como un órgano activo que regula el tono vascular, modula la inflamación y favorece que la sangre circule correctamente. Si se lesiona, deja de proteger y empieza a formar parte del problema.
El círculo que alimenta la enfermedad
La médica explicó que, cuando el endotelio pierde su función normal, disminuye la producción de óxido nítrico, una sustancia que ayuda a relajar los vasos. Al mismo tiempo, aumentan otros compuestos que favorecen la vasoconstricción y la inflamación. Ese cambio genera un escenario en el que a la sangre le cuesta más avanzar, por lo que el organismo necesita empujar con más fuerza y la presión se eleva.
Ese mecanismo, según remarcó, convierte a la hipertensión en un proceso que se retroalimenta. La presión alta daña todavía más al endotelio, aumenta la resistencia periférica y empuja nuevas alteraciones en la microvasculatura. En paralelo, los vasos empiezan a perder elasticidad, se acumula más colágeno y disminuye la capacidad de distenderse, lo que vuelve aún más rígido al sistema circulatorio.
El rol del riñón y las hormonas
Otro eje central de la explicación está en la participación del riñón. Cuando este órgano interpreta que le llega menos sangre, activa el sistema renina-angiotensina-aldosterona, una cadena hormonal que tiende a aumentar la presión. Como consecuencia, se produce angiotensina II, una de las sustancias más potentes para contraer vasos, y además se retienen sodio y agua, lo que incrementa el volumen sanguíneo.
Para Montes de Oca, allí aparece una de las razones por las que la hipertensión no puede entenderse solo como una consecuencia de malos hábitos. A su juicio, una vez iniciado, el proceso biológico se vuelve progresivo porque compromete estructuras, respuestas hormonales y mecanismos de regulación cada vez más complejos. Por eso sostuvo que la enfermedad puede mejorar, frenarse o incluso revertirse en parte, pero no siempre volver a cero.
Los factores de riesgo que siguen pesando
La especialista aclaró que los hábitos y las condiciones de vida siguen siendo determinantes. Entre los factores modificables, señaló al tabaco como uno de los más potentes. También mencionó el sobrepeso, sobre todo cuando se combina con resistencia a la insulina, además del sedentarismo, el estrés crónico y la apnea obstructiva del sueño, que muchas veces pasa inadvertida y puede influir de manera decisiva en la presión arterial.
En esa lista también incluyó la edad, ciertos componentes genéticos, la enfermedad renal temprana y el efecto de algunos medicamentos, como antiinflamatorios no esteroideos, anticonceptivos hormonales y algunos antidepresivos. Sobre el sodio, matizó las simplificaciones: dijo que importa, pero que en un organismo con riñón y sistema hormonal intactos puede manejarse mejor. El problema, advirtió, es cuando ya existe una alteración vascular o metabólica previa.
Una enfermedad frecuente, pero no simple
En cuanto al diagnóstico, explicó que la forma más común sigue siendo la llamada hipertensión esencial o idiopática. Sin embargo, aclaró que eso no significa que no tenga causa, sino que suele ser el resultado de múltiples desajustes que, sumados, terminan alterando el equilibrio cardiovascular. En ese punto, insistió en que reducir el problema a la conducta individual del paciente puede llevar a lecturas injustas e incompletas.
La médica también subrayó la importancia de ciertos detalles clínicos que no deberían pasarse por alto. Entre ellos, mencionó la necesidad de medir la presión en ambos brazos, ya que una diferencia mayor a 15 mmHg puede sugerir enfermedad vascular subyacente. A eso sumó la importancia de identificar patrones frecuentes en adultos mayores y de investigar causas secundarias en casos donde la hipertensión se vuelve resistente al tratamiento.
Por qué cambia la forma de pensar la presión alta
La mirada que propuso Montes de Oca no busca quitarle peso a la prevención, sino complejizar la comprensión de una enfermedad muy extendida. La hipertensión, planteó, no empeora solo porque una persona no se cuide, sino porque puede transformar de manera progresiva el sistema que controla la circulación. Eso obliga a pensarla no solo como una suma de conductas de riesgo, sino como una enfermedad vascular y hormonal con dinámica propia.
Esa perspectiva cobra relevancia en un escenario global donde millones de personas conviven con presión alta sin saberlo y muchas otras no logran controlarla. Entender mejor cómo se inicia, cómo progresa y qué factores la empujan puede ser clave no solo para tratarla, sino también para evitar que siga alimentando enfermedades cardiovasculares, renales, cerebrales y oculares que hoy figuran entre las principales causas de muerte y discapacidad.
