El sector energético argentino consolidó en 2024 una transformación estructural que lo reposiciona como uno de los principales motores del crecimiento económico. Con Vaca Muerta como eje, la energía alcanzó el 6,6% del Valor Agregado Bruto (VAB), el porcentaje más alto desde principios de los 2000, mientras las exportaciones rompieron récords y los subsidios tocaron su nivel más bajo en más de una década.

Según el último informe de la consultora Economía y Energía, el complejo energético cerró el año pasado con envíos al exterior por USD 9.677 millones, lo que representó un 12% del total exportado por Argentina. Para este año, la proyección es aún más ambiciosa: las ventas al mundo superarían los USD 10.700 millones, afianzando su rol como generador clave de divisas netas.

Menos importaciones y más empleo

Este crecimiento se vio acompañado por una notable caída en las importaciones del sector, que se prevé se reducirán un 20% en 2025 hasta alcanzar los USD 3.221 millones, apenas una cuarta parte del récord registrado en 2022. De este modo, la balanza energética se volvió positiva con un superávit de USD 5.668 millones en 2024, que podría escalar a USD 7.500 millones este año si se mantienen las proyecciones.

El impacto también se sintió en el mercado laboral. Con 128.255 trabajadores registrados, el sector alcanzó en 2024 su nivel de empleo más alto en 20 años, con una concentración en las actividades de extracción de petróleo y gas natural.

Subsidios en caída libre

Otro de los datos que marcan el cambio de época es la reducción de los subsidios energéticos. En 2024 se destinaron USD 6.252 millones, un 35% menos que el año anterior, lo que representa apenas el 1% del PBI, el valor más bajo desde 2009. El recorte continúa este año: entre enero y marzo de 2025, los desembolsos fueron de apenas USD 370 millones, una caída del 44% interanual.

Si se cumple la meta oficial, los subsidios energéticos cerrarán 2025 en torno a los USD 4.433 millones, lo que implicaría apenas un 0,7% del producto bruto. De confirmarse, sería la proporción más baja desde 2007.

Una oportunidad con desafíos

Para muchos referentes del sector, el cambio es claro. “Si no tuviéramos Vaca Muerta, estaríamos en el horno”, advirtió el exministro de Energía Juan José Aranguren. El yacimiento neuquino ya representa el 60% de la producción nacional de petróleo y el 70% del gas.

Horacio Marín, presidente de YPF, proyecta un horizonte de exportaciones que podría trepar a los USD 30.000 millones anuales hacia 2031, si se concreta la infraestructura pendiente: oleoductos como el Vaca Muerta Sur, plantas de licuefacción y una red logística que permita escalar la producción a gran escala.

Inversores expectantes ante el cepo y la política

Sin embargo, el entusiasmo de las consultoras y las proyecciones oficiales choca con las cautelas del mercado. Firmas extranjeras han mostrado interés en invertir, pero muchas condicionan su desembarco a dos variables clave: el levantamiento del cepo cambiario, que limita la repatriación de utilidades, y la definición política de las legislativas de 2025, que marcarán la estabilidad del rumbo económico actual.

El Gobierno apuesta a que el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) logre destrabar parte de esas decisiones. Para eso, necesita no solo ofrecer condiciones atractivas, sino también demostrar consistencia fiscal, previsibilidad y compromiso con un marco regulatorio estable. En ese escenario, Vaca Muerta no solo es una fuente de energía. Es, para muchos, la última gran oportunidad de Argentina para construir una macroeconomía más equilibrada.