La vacuna contra el herpes zóster podría estar asociada con una reducción cercana al 20% en el riesgo de desarrollar demencia, según distintos estudios analizados en los últimos años. El hallazgo despertó interés porque se trata de una intervención relativamente sencilla frente a enfermedades como el Alzheimer, para las que todavía existen pocas herramientas preventivas. Los investigadores advierten, sin embargo, que aún deben realizarse ensayos controlados para confirmar el alcance de esa protección.

Las proyecciones indican que la cantidad de personas con demencia podría triplicarse y alcanzar los 153 millones en 2050, principalmente por el envejecimiento de la población mundial. Ese cálculo no significa necesariamente que el riesgo individual esté aumentando en la misma proporción. En varios países desarrollados, la probabilidad ajustada por edad disminuyó durante las últimas décadas por mejoras sanitarias, educativas y en los hábitos de vida.

Qué relación tendría el herpes zóster con la demencia

El virus varicela-zóster provoca la varicela y puede permanecer inactivo durante años dentro del organismo. Cuando vuelve a activarse, causa herpes zóster, una afección dolorosa que afecta aproximadamente al 20% o 30% de las personas que no fueron vacunadas. Una de las hipótesis sostiene que el virus podría favorecer daños o procesos inflamatorios en el sistema nervioso incluso durante sus períodos de latencia.

Otra explicación señala que la vacuna estimularía determinadas células del sistema inmunitario y reforzaría la respuesta frente a otros agentes que podrían contribuir al deterioro cognitivo. Ninguna de estas teorías fue demostrada de manera definitiva. Los resultados disponibles muestran una asociación estadística, pero todavía no permiten establecer con certeza cuál es el mecanismo responsable.

Gran parte de la evidencia fue obtenida con una vacuna anterior que utilizaba una forma atenuada del virus vivo. Esa formulación fue reemplazada en numerosos países por Shingrix, elaborada con proteínas virales y considerada más segura porque no puede causar la infección. Algunos trabajos sugieren que la versión nueva podría ofrecer una protección similar o incluso superior frente a la demencia.

Los especialistas consideran necesario determinar cuál es la edad más adecuada para aplicarla y si serán necesarias dosis de refuerzo. También proponen realizar ensayos aleatorios que permitan comparar las diferentes formulaciones. Hasta contar con esos resultados, la posible reducción del riesgo debe interpretarse como un beneficio adicional en estudio y no como una garantía contra el Alzheimer.

El acceso a la vacuna sigue siendo limitado

Diversos sistemas sanitarios restringen la vacunación contra el herpes zóster a determinados grupos de edad, pese a que algunos análisis económicos consideran rentable extenderla desde aproximadamente los 55 años. En el Reino Unido, por ejemplo, la edad mínima fue reducida de 70 a 65 años, aunque el programa avanzó de forma gradual. Dentro de la Unión Europea, no todos los países recomiendan su aplicación generalizada y varios la reservan para mayores de 65 años.

El costo inicial aparece como una de las principales razones para limitar la cobertura. Un esquema completo de dos dosis de Shingrix cuesta alrededor de 430 dólares para el sistema sanitario británico y unos 270 dólares dentro de los programas federales estadounidenses. Quienes defienden una mayor expansión sostienen que el gasto podría compensarse con la prevención del herpes zóster y la eventual reducción de los cuidados prolongados asociados con la demencia.

Los otros factores que pueden reducir el riesgo

La vacunación representa apenas una de las posibles herramientas para proteger la salud cognitiva. Mantener actividad física, una alimentación equilibrada y estimulación intelectual también se relaciona con una menor probabilidad de deterioro. El tratamiento de la hipertensión, el colesterol elevado, la depresión y la pérdida de audición ocupa otro lugar importante dentro de las estrategias preventivas.

Estos cambios suelen requerir años de continuidad antes de mostrar beneficios sobre el cerebro. La posibilidad de que una vacuna contribuya a reducir el riesgo resulta atractiva precisamente porque demanda menos esfuerzo cotidiano. Aun así, las investigaciones no la presentan como un reemplazo de los hábitos saludables ni de los controles médicos.