La Amazonía no solo almacena una enorme cantidad de carbono en sus árboles. También puede devolverlo a la atmósfera más rápido de lo previsto cuando el clima se vuelve más seco y las tormentas eléctricas dañan la vegetación. Un estudio publicado en Nature Climate Change advirtió que estos factores están acelerando la muerte de árboles y reduciendo el tiempo durante el cual el carbono queda retenido en la selva.

El trabajo calculó que, hacia fin de siglo, ese tiempo de almacenamiento podría acortarse entre un 3% y un 15%, según el nivel de emisiones contaminantes que mantenga la humanidad. Cuando los árboles mueren antes, el carbono acumulado en su biomasa vuelve antes al aire y refuerza el calentamiento global. La investigación fue liderada por Donghai Wu y Xiangtao Xu, del Jardín Botánico del Sur de China y la Academia China de Ciencias, junto con especialistas de Cornell, Berkeley y el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil.

El reloj interno del carbono amazónico

La clave del estudio está en la tasa de renovación de biomasa. Ese indicador mide cuánto tiempo tarda un bosque en reemplazar árboles muertos por nueva vegetación. Cuanto más corto es ese ciclo, menos tiempo permanece almacenado el carbono dentro del ecosistema.

Hasta ahora, muchos modelos climáticos globales trataban esa tasa como si fuera estable y similar para todos los bosques tropicales. El problema es que la Amazonía no funciona de manera uniforme. Algunas zonas retienen carbono durante más tiempo, mientras otras lo pierden con mayor rapidez.

Los inventarios forestales tradicionales tampoco alcanzaban para capturar esa diferencia. Según el trabajo, las parcelas medidas en tierra cubrían una fracción mínima de la superficie amazónica. Esa falta de información dificultaba saber qué partes del bosque están cambiando más rápido y qué factores explican esas diferencias.

Satélites para medir la muerte de árboles

Para ampliar la mirada, los investigadores combinaron imágenes del satélite MODIS con datos de 57 parcelas de inventario forestal. El objetivo fue estimar la mortalidad de biomasa en toda la Amazonía intacta, sin depender solo de mediciones puntuales en tierra. Luego integraron esos datos con información de biomasa de la Agencia Espacial Europea.

Con ese método construyeron un mapa de alta resolución, de un kilómetro cuadrado, para observar cómo varía la renovación de vegetación en la región. Los tiempos detectados fueron muy distintos según la zona: oscilaron entre 24 y 80 años, con una mediana de 51 años. El noreste amazónico mostró los ciclos más largos, mientras que el centro y el norte registraron tiempos más cortos.

Ese resultado marca una diferencia importante para las proyecciones climáticas. Si los árboles se renuevan más rápido por mayor mortalidad, el bosque retiene carbono durante menos tiempo. Esa dinámica puede alterar el papel de la Amazonía como regulador climático global.

Tormentas eléctricas y aire más seco

El estudio también buscó identificar qué factores explican la velocidad de renovación de biomasa. Para eso, los investigadores aplicaron un modelo de aprendizaje automático llamado XGBoost, capaz de detectar relaciones complejas entre variables climáticas, geográficas y ambientales. El resultado mostró que las tormentas eléctricas intensas tuvieron un peso mayor al esperado.

Según el análisis, las tormentas fueron el factor climático con mayor influencia sobre la velocidad de renovación de biomasa, por encima incluso de la sequedad del aire y de los extremos de lluvia. Los rayos, los vientos y los daños asociados a estos episodios pueden aumentar la mortalidad de árboles y acelerar el recambio de vegetación. Ese efecto hace que el carbono almacenado vuelva antes a la atmósfera.

La sequedad del aire también tuvo un impacto claro. A medida que el ambiente se vuelve más seco, los árboles enfrentan más estrés y pueden morir antes. En algunas regiones del noroeste y sureste amazónico, ese factor reduciría el tiempo de renovación entre 5 y 10 años.

Qué puede pasar hacia 2100

Las proyecciones del estudio analizaron dos escenarios climáticos. En uno de bajas emisiones, conocido como SSP 126, la renovación de biomasa se aceleraría alrededor de un 3% hacia el año 2100. En el escenario de altas emisiones, SSP 585, el aumento llegaría al 15%.

Las zonas más afectadas serían el centro y el norte de la Amazonía. Ese dato preocupa porque una pérdida más rápida de carbono puede debilitar la capacidad de la selva para actuar como amortiguador del cambio climático. En lugar de guardar carbono durante décadas, parte de la vegetación lo devolvería antes al sistema atmosférico.

Los autores señalaron que todavía existen incertidumbres. El modelo no contempla por completo la posibilidad de adaptación de los árboles a nuevas condiciones climáticas. Tampoco mide con precisión todos los efectos combinados entre sequías y tormentas cuando actúan al mismo tiempo.

Por qué importa para los modelos climáticos

La investigación plantea que los modelos globales deberían incorporar mejor el impacto de la sequedad atmosférica y las tormentas eléctricas sobre los bosques. Si esos factores no se miden con suficiente detalle, las proyecciones pueden subestimar la velocidad con la que la Amazonía pierde carbono. Esa diferencia tiene consecuencias para los cálculos sobre calentamiento global.

El estudio también abre una pregunta para otros ecosistemas. Los investigadores sugieren analizar mejor cómo el viento y los rayos afectan a bosques templados y subtropicales, que también están expuestos a tormentas intensas. No se trata solo de cuánto carbono absorben los árboles, sino de cuánto tiempo logran retenerlo antes de morir.

La Amazonía sigue siendo una pieza central del clima global, pero su equilibrio aparece cada vez más presionado. Sequías más intensas, tormentas más dañinas y cambios en la mortalidad de árboles pueden alterar su función como reservorio de carbono. El desafío, según el estudio, será entender esos procesos con más precisión antes de que el bosque empiece a liberar carbono a un ritmo difícil de revertir.