La inflación bajó, pero el próximo tramo de la desinflación promete menos impacto sobre el crecimiento
La desaceleración de los precios continúa siendo uno de los principales cambios de la economía argentina, aunque su efecto sobre la actividad comienza a ser menos visible que durante la salida de la inflación de tres dígitos. El IPC avanzó 1,7% en agosto de 2026, según el Indec, después de que 2023 terminara con una inflación anual del 211,4% y 2025 con una tasa considerablemente menor. Para el economista Damián Di Pace, el desafío ahora consiste en pasar de niveles todavía elevados a una inflación de un dígito anual sin esperar que cada reducción genere el mismo impulso sobre el PBI.
La distinción central pasa por separar los beneficios de tener una inflación baja de los costos que puede generar el proceso para alcanzarla. Una inflación elevada acorta contratos, encarece el crédito y dificulta la planificación, pero una política de desinflación también puede afectar temporalmente el consumo, el empleo o los márgenes empresariales. Por eso, el comportamiento de la economía durante los últimos años no puede explicarse únicamente por la evolución del índice de precios.
El ajuste de 2024 coincidió con una caída de la actividad, mientras que durante 2025 la economía recuperó terreno junto con una inflación considerablemente menor. Para Di Pace, buena parte del beneficio inmediato de abandonar los tres dígitos ya fue absorbido y el crecimiento posterior dependerá cada vez más de variables como inversión, crédito, salarios y productividad. La baja adicional de la inflación seguiría siendo importante, pero ya no funcionaría por sí sola como un motor suficiente.
El núcleo de la inflación sigue siendo el desafío
El dato general de agosto perforó nuevamente el 2% mensual, aunque algunos componentes mostraron mayor resistencia. La inflación núcleo se ubicó en 1,8%, mientras que los precios regulados avanzaron 2,2% y los estacionales registraron una caída que contribuyó a moderar el promedio. Esto implica que sostener registros bajos durante varios meses será más relevante que un dato puntual favorable.
Una inflación mensual estabilizada alrededor del 1,7% todavía equivaldría a una variación anual superior al 20% si ese ritmo se mantuviera. Para llegar a tasas anuales de un dígito sería necesario continuar reduciendo especialmente los componentes más persistentes del índice. Allí aparecen precios regulados, contratos y otros valores que conservan mecanismos de actualización vinculados con la inflación previa.
La actividad, mientras tanto, avanza de manera heterogénea. Energía y otros sectores exportadores muestran mayor dinamismo, mientras varias ramas vinculadas con el consumo interno y el empleo urbano presentan una recuperación más limitada. Esa diferencia ayuda a explicar por qué una mejora de los indicadores macroeconómicos no necesariamente se traslada con la misma velocidad a todos los hogares y empresas.
La reforma del Banco Central entra en la discusión
Otro componente del debate es la posibilidad de convertir la baja de la inflación en una condición más estable y menos dependiente de decisiones coyunturales. La Cámara de Diputados dio media sanción el 27 de agosto a una reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, que fue girada al Senado. El proyecto busca establecer como misión principal la preservación del valor de la moneda y restringir distintos mecanismos de financiamiento monetario al Tesoro.
Di Pace sostiene que ese tipo de reglas puede ayudar a consolidar expectativas de inflación más bajas en el tiempo. Su planteo es que el objetivo no debería limitarse a conseguir algunos meses con índices favorables, sino evitar que futuras necesidades fiscales vuelvan a trasladarse a la emisión monetaria. La efectividad de esa reforma, sin embargo, dependerá de su aprobación definitiva, implementación y de la evolución del resto de la política económica.
El economista también advierte que completar la desinflación puede exigir atravesar costos visibles. Tarifas, salarios, tipo de cambio y actividad deben ajustarse sin recrear desequilibrios que posteriormente vuelvan a acelerar los precios. Ese proceso explica por qué pasar de una inflación superior al 200% a niveles cercanos al 30% puede producir efectos mucho más notorios que avanzar después desde ese nivel hacia un dígito.
El escenario abre así una segunda etapa para la economía argentina. Reducir la inflación continúa siendo relevante para extender plazos, abaratar el financiamiento y mejorar la previsibilidad, pero el crecimiento dependerá cada vez más de que esas condiciones se traduzcan en inversión, empleo y recuperación de ingresos. El desafío ya no es solamente bajar el índice mensual, sino conseguir que esa estabilidad pueda sostenerse y acompañarse con una expansión más generalizada de la actividad.