Un informe de la UBA advirtió que el 48,9% de los jóvenes vive en condiciones de vulnerabilidad
Casi la mitad de las personas de entre 18 y 29 años atraviesa situaciones de vulnerabilidad vinculadas con el empleo, la educación, los ingresos y las condiciones de vida. El dato surge del informe «Jóvenes vulnerables en la Argentina: condiciones de vida, creencias y expectativas sobre el futuro», elaborado por investigadores del Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires (UBA). El trabajo también identificó un núcleo especialmente crítico integrado por quienes no estudian, no trabajan y tampoco buscan empleo.
La investigación se desarrolló dentro del Proyecto de Investigación y Desarrollo en Áreas Estratégicas de la universidad. El relevamiento incluyó 1.002 entrevistas presenciales realizadas entre diciembre de 2025 y enero de 2026. El 27% de los jóvenes vulnerables consultados residía en el Área Metropolitana de Buenos Aires, mientras el 73% se distribuía en otras regiones del país.
El estudio mostró además una presencia importante de hogares numerosos. El 46,2% de los encuestados vivía con cinco personas o más y el 19,8% tenía al menos dos hijos. Más de la mitad, en cambio, no tenía hijos al momento de responder.
Empleo informal y desvinculación educativa
Dos de cada diez jóvenes vulnerables no estudiaban ni trabajaban. Dentro de ese universo, el informe identificó a quienes tampoco buscaban empleo y utilizó la expresión «Triple Ni» para describirlos. Juan Cruz Esquivel, director de la investigación, afirmó que se trata de una franja alejada de las principales redes de integración social.
Entre los jóvenes vulnerables que se encontraban desocupados, solo cuatro de cada diez buscaban trabajo. El resto había dejado de participar activamente del mercado laboral, una situación que los investigadores asociaron con la falta de oportunidades, la pérdida de expectativas y la desconexión con instituciones educativas o laborales. El fenómeno no alcanza a la mayoría de los jóvenes del país, pero concentra algunas de las condiciones más severas relevadas por el estudio.
Cerca del 70% de los jóvenes vulnerables tenía alguna ocupación, aunque la mayor parte lo hacía bajo modalidades precarias. El 76,1% trabajaba de manera informal o por cuenta propia, principalmente en comercio, construcción, limpieza, cuidados y venta ambulante o por internet. Otro 5% estaba inscripto como monotributista.
Solo el 18,9% de quienes tenían empleo accedía a un puesto registrado o parcialmente registrado. Esa proporción representaba alrededor del 10% del total de jóvenes vulnerables incluidos en la encuesta. Para el 57%, los ingresos obtenidos no alcanzaban para cubrir los gastos del mes.
La falta de cobertura sanitaria también acompañaba la precariedad laboral. El 78% no tenía obra social ni medicina prepaga y dependía de hospitales públicos o centros de atención primaria. Esquivel sostuvo que la informalidad dejó de funcionar como una excepción y pasó a convertirse en la forma dominante de inserción laboral dentro de ese grupo.
Seis de cada diez no terminaron el secundario
El informe señaló que seis de cada diez jóvenes vulnerables no habían completado la escuela secundaria. El 32,8% había finalizado ese nivel y solo el 6,7% había cursado estudios terciarios o universitarios. Apenas una cuarta parte continuaba dentro del sistema educativo.
Las expectativas a futuro mostraron diferencias según el nivel de formación alcanzado. Entre quienes habían accedido a estudios terciarios o universitarios, el 36,2% consideraba como principal objetivo terminar su carrera durante los siguientes cinco años. Esa meta era mencionada por el 13,5% entre quienes tenían el secundario incompleto o un nivel educativo menor.
Conseguir un empleo o mejorar el actual fue señalado como prioridad por el 31,9% de los encuestados. La posibilidad de acceder a una vivienda propia apareció inmediatamente después, con el 29,8%. Formar una familia fue elegido como objetivo principal por el 4,8%.
El 87,5% sostuvo que estudiar podía mejorar su calidad de vida, pero el equipo investigador detectó obstáculos para mantener una trayectoria educativa. Las restricciones económicas, las responsabilidades familiares y el ingreso temprano al mercado laboral aparecieron entre las principales causas de abandono. Esquivel planteó que empezar a trabajar suele llevar a dejar los estudios y que esa interrupción reduce luego las posibilidades de acceder a un empleo formal.
Ansiedad, tristeza y dificultades para proyectar
El relevamiento también examinó el bienestar emocional de los jóvenes vulnerables. Más del 70% manifestó atravesar con frecuencia situaciones de nerviosismo o ansiedad y más de la mitad señaló episodios de desgano o tristeza persistente. Otro 30% reconoció dificultades para controlar el consumo de alcohol, cigarrillos u otras sustancias.
Los investigadores relacionaron ese malestar con problemas materiales, viviendas deficitarias, hogares numerosos, ingresos insuficientes y recorridos educativos interrumpidos. La intensidad de esas dificultades aumentó entre los sectores con niveles más altos de vulnerabilidad. El informe aclaró que las condiciones no se presentan de manera aislada, sino que suelen acumularse dentro de los mismos hogares.
Las aspiraciones de progreso, sin embargo, continuaron presentes entre los entrevistados. El equipo de la UBA observó que los jóvenes mantienen objetivos vinculados con el estudio, el empleo y la vivienda, aunque encuentran menos recursos para alcanzarlos. «Los jóvenes no dejan de imaginar un futuro mejor; lo que se amplía es la distancia entre sus expectativas y las oportunidades disponibles», concluyó Esquivel.
